sábado, 6 de septiembre de 2008

Pennac y la Educación

El 'torpe' Pennac

OCTAVI MARTÍ El País, 06/09/2008


"Los padres, la televisión, los libros pueden ser idiotas, pero los chavales no lo son", afirma el popular escritor francés, autor de Mal de escuela. Él fue un cancre, un alumno cretino y desastroso, y logró triunfar sirviéndose de la lectura, la imaginación y el amor.
La cita es en pleno Vercors, en las afueras del pueblecito, en su casa de veraneo. Y casa de escritura. Daniel Pennac (Casablanca, 1944) se refugia ahí para descansar o para poner en solfa un nuevo libro. Y para pasear en bicicleta o a pie por ese valle y esas montañas que, a finales de septiembre, ya pueden recibir las primeras nieves. Hoy, a almorzar, nos espera acompañado de otro escritor, Tonino Benacquista, novelista y guionista de quien Pennac dice: "Así como la mayor parte de la gente escribe por haber escrito, Tonino escribe por escribir". O lo que es lo mismo, quiere hacer películas, no ser director de cine.

"La escuela no tiene nada que vender. Imparte saber, algo que es necesario pero que raramente se desea"


"La imaginación es una memoria al revés. Es la ficción la que permite recordar. Es un psicoanálisis salvaje"

"No hay nada más emocionante que ver cómo un chaval descubre que la memoria no es cuestión de acumulación"

"La escuela es el lugar de todas las violencias. Enseñar es violento, es violentar al otro. ¡Todo acto iniciático es violento!"

Pennac es otra cosa. A él la literatura le salvó la vida. A Tonino puede que se la haya cambiado, pero no fue el salvavidas al que agarrarse cuando todo parecía perdido. Bueno, los salvavidas fueron la literatura y el amor. La primera en forma de profesor con una intuición genial, el amor en forma de chica que cree en él, en el último de la clase, en el más torpe del pelotón de los torpes, el cancre, como dicen los franceses. Ahora Mondadori publica en España Mal de escuela (Chagrin d'école), el relato y las reflexiones que le inspiran ese rescate, un libro en cuya contraportada incluye un boletín escolar de Pennac por el que aprendemos que el profesor de francés le consideraba "un alumno alegre pero un triste alumno", el de matemáticas lamentaba que careciera de bases, mientras que para el de inglés "habla mucho pero ni una palabra en inglés". El de dibujo dice algo parecido: "Dibuja por todas partes excepto en clase".

Mal de escuela podría ser un libro sobre la enseñanza, los problemas de la enseñanza, un ensayo, pero no es eso porque "estadísticamente todo se explica, personalmente todo se complica". Y Pennac habla de él, del cancre Pennac y de los cancres que ha conocido cuando, luego, él pasó a ser profesor. "Que la palabra cancre no exista en castellano me recuerda ese viejo proyecto de hacer un diccionario universal de palabras que no existen en otros idiomas, un diccionario de palabras que no existen pero son imprescindibles. La realidad existe en todas las latitudes pero no siempre tiene la palabra adecuada. La saudade de brasileños y portugueses también nos alcanza a los franceses pero carecemos del término exacto. Ustedes, en España, pueden adjetivar la vergüenza y calificarla de ajena cuando provoca un efecto de empatía, pero eso en Francia no lo hacemos".

Hoy se ríe de su pasado de alumno catastrófico pero sólo es divertido porque puede contarlo. "Sabe, un cancre no es un gandul, aunque puede serlo a consecuencia de su nulidad, de su incapacidad para comprender. Es alguien que no puede jactarse de lo que es -un gamberro sí puede creerse autorizado a hacerlo- porque sufre o ha sufrido de ello. Como un asmático que nunca se vanagloriará de sus problemas respiratorios, el cancre tampoco lo hará de sus problemas de respiración intelectual". La situación se prolongó durante los primeros quince o dieciséis años de su vida. ¿Por qué? Un misterio. El padre, profesor de élite; la madre, en casa ocupándose de los hijos; los hermanos, alumnos brillantes. Menos Pennac. Daniel Pennacchioni para el registro civil o cuando pasaban lista en clase. "Esos años fueron terribles. Todo nace de una primera incomprensión, de un problema de inhibición, provocado por la timidez, el azar o cualquier otra causa. Y se acumula y se interioriza. Te dices a ti mismo que eres idiota, un cretino, que no hay nada que hacer contigo. Si te consideras idiota entonces quedas liberado de cualquier esfuerzo. Lo tuyo es irreparable. Luego, a partir de 1969, cuando empecé a trabajar como profesor de alumnos de bachillerato, nunca me topé con ningún muchacho idiota. Los padres pueden, podemos ser idiotas, la televisión, los libros, los grupos, pero los chavales no lo son. Los hay más vivos, más atrevidos, más rápidos, pero ningún cancre es idiota".

Francia o, mejor dicho, la República Francesa ha confiado en la escuela durante cien años. El hecho de ser pública, gratuita y obligatoria, de ofrecer un nivel de calidad y exigencia uniforme para toda la población le confería legitimidad y la convertía al mismo tiempo en elemento básico del llamado ascensor social. Era el símbolo de la igualdad de oportunidades en marcha. Pennac cree haber visto morir esa escuela. "Alrededor de 1975. Mayo del 68 era un movimiento anticonsumista, pero cuando sus efectos fueron desvaneciéndose y la sociedad francesa adoptó formas más liberales, entonces irrumpió el consumo de masas también en la escuela. Los niños y los padres pasaron a ser clientes y consumidores. Y la escuela no tiene nada que vender. Imparte saber, transmite conocimiento, algo que es necesario pero que raramente se desea. Hoy muchos chavales parecen un escaparate al servicio de diversas marcas. Los que tienen libertad de espíritu respecto a esa clientelización de la enseñanza son los que saben resistir mejor los espejismos del consumo".

El primer profesor que supo qué hacer con el cancre Pennacchioni era el responsable de lengua francesa. Vio que ese alumno desastroso, incapaz de comprender las normas más elementales de la gramática y la ortografía, era un lector compulsivo. "Me liberó de preguntas y exámenes pero me exigió que escribiera una novela. Era una responsabilidad nueva y extraordinaria. De pronto tenía un estatuto propio dentro del universo escolar. Eso fue importantísimo". Pero aún debió serlo más el amor. "La gente dice que el amor te vuelve idiota. ¡No se habrán enamorado nunca! El amor te hace más inteligente: el pulso se acelera, la adrenalina sube y tú, para seducir a la chica que te gusta, de la que estás locamente enamorado, inventas lo que haga falta. La chica y yo coincidimos en un curso de teatro, ensayando La doble inconstancia, de Marivaux. Yo era muy mal actor pero me entusiasmaba el teatro. Ella, que iba dos cursos más adelantada que yo, contumaz repetidor, que tenía unas notas extraordinarias, que era bella e inteligente, me eligió a mí, al cancre. ¡Alguien me llamaba por mi nombre y no era para ridiculizarme delante de los demás, para poner en evidencia mi idiotez! Eso también fue enorme para sacarme de la condición de cretino asumido".

La escritura comenzó a interesarle a los 13 o 14 años. Cambiaba redacciones por deberes de matemáticas. Y a los 18 años escribió su primera novela de verdad y la envió a las distintas editoriales, que se la devolvieron sin comentarios. Sólo un editor, Claude Durand, se comportó de otra manera. "Me devolvió el manuscrito acompañado de una carta. Me decía que no me publicaría porque el libro era muy malo. Y me detallaba el porqué lo creía así: los personajes son arquetipos, el estilo manido, la estructura mal concebida. Y me ponía ejemplos de cada una de sus aseveraciones. La carta acababa diciendo que, de todas maneras, creía que yo sería escritor y que si me decidía a escribir otras cosas no dudase en enviárselas. Tardé cinco años en terminar otro libro, esta vez contra el servicio militar".

La literatura de ficción ha tenido para Pennac otra función que la de rescatarle del pozo del fracaso escolar. Recuerda que nunca fue capaz de llevar un diario personal "porque hubiera sido un ejercicio masoquista", pero también que nunca tuvo problemas para inventar, para imaginar. "Y la imaginación me ha servido de lugar de memoria. Es una memoria al revés. En mis historias puedo encontrar lo que me pasaba aquel año". Eso tiene que ver con sus escasas dotes para memorizar. "No pretendo compararme con él, pero me sucede lo que a Michel de Montaigne: no tengo memoria funcional. Él, que era un hombre bien educado y cortés, era incapaz de recordar los nombres de sus sirvientes. Para lograrlo recurría a trucos nemotécnicos, como asociar el apellido con la función que desempeñaban o con el nombre del pueblo donde habían nacido. Montaigne anotaba sus libros y luego no era capaz de recordar lo que significaba aquella anotación, por qué la había hecho. Hubo un momento en que intenté llevar un diario personal pero limitándome a lo factual. Cuando lo releía no recordaba ninguno de los hechos que había anotado. Es la ficción la que me permite recordar. Es un psicoanálisis salvaje".

En Mal de escuela nos explica cómo se reconcilió con la memoria, con el hecho de almacenar conocimientos en el cerebro y también cómo logró hacer partícipes de esa misma reconciliación a sus alumnos. "La memoria no es una cuestión de acumulación sino de comprensión. Cuando estudiaba había que aprenderse un poema de memoria cada semana. Y éramos examinados sobre ese poema. Luego venía otro que permitía olvidar el anterior. ¡En realidad, te pedían que lo olvidases! Al final, cuando llegaba el momento de las pruebas de acceso a la universidad, le sugerían al alumno que utilizase elementos de su cultura personal para construir un discurso. ¿De qué cultura personal podía tratarse en esa lógica cuantitativa y cronológica, en la que a cada semana le correspondía su poema y el olvido del anterior? Con los alumnos decidimos aprender a memorizar una serie de textos: de ensayo, poemas, chistes, pasajes de novelas. Podía valer un aforismo de Woody Allen o una reflexión de Montesquieu. Lo importante era haber comprendido el texto, haber logrado amarlo. En vez de someterlo a esos análisis de forense que acaban con cualquier deseo -¿quién quiere hacer el amor con un cadáver?-, se trataba de hacer propio el texto, de darse cuenta de hasta qué punto aquello nos concernía. Hablar de bovarismo como concepto puede parecer abstruso, pero no lo es cuando recuerdas el pasaje de Emma Bovary mirando por la ventana. A final de curso nos acordábamos de todos, de los aprendidos las primeras semanas y de los que habían llegado más tarde. No hay nada más emocionante que ver cómo un chaval descubre que la memoria no es cuestión de acumulación".

La lógica de Pennac tiene mucho que ver con la sensatez. Él está convencido de que las dificultades gramaticales se resuelven gracias a la gramática, que las faltas de ortografía desaparecen haciendo ejercicios de ortografía, que el pavor ante los libros se arregla leyendo y que la incapacidad para comprender exige una inmersión en el texto. Él, el niño para el que las matemáticas eran un idioma incomprensible, dice haberse encontrado un alma gemela en la persona de Stella Baruk, autora de un fenomenal diccionario de matemáticas (Dictionnaire des mathématiques élémentaires, Seuil). "En dos o tres días logra que críos que estaban reñidos con las matemáticas comprendan su lenguaje. A partir de ahí, de la comprensión de lo que les hablan, todo cambia. Es una mujer prodigiosa".

No le gusta hablar de la crisis de la enseñanza. No se trata de negar los problemas pero sí de evitar las generalizaciones. "Todo puede resumirse en esa frase mil veces repetida que afirma que el alumno carece de bases sólidas. ¡Es lo mismo que decir que la culpa no es mía! El profesor de primaria se queja de la guardería y de que los padres no educan a los hijos, pero el de secundaria cree que el de primaria no ha hecho bien su trabajo. Cuando aprueban por fin el bachillerato siguen sin tener buenos cimientos y los catedráticos de universidad se quejan de cómo les llegan los alumnos a las aulas. Los padres creen que la culpa es de los profesores, éstos arremeten contra el ministerio, que se queja del Mayo del 68 o de lo que haga falta. ¡La culpa siempre es de los otros! Es un proceso de chivoexpiación global que impide hablar de nada y sobre todo intentar arreglar algo". Mientras habla, despacio, buscando cada vez la palabra adecuada, sin levantar la voz pero riéndose a menudo, Pennac no puede dejar de referirse al proceso de un profesor castigado con 500 euros de multa por haber abofeteado a un alumno que le insultó gravemente: "¿Usted cree que en un país de 62 millones de habitantes el tema de la bofetada merece la portada de un periódico? La dramatización sistemática de los conflictos también contamina la escuela".

Lamenta que gente como el filósofo Alain Finkielkraut, cuando hablan de la escuela, pierdan la razón. "Estoy de acuerdo en casi todo lo que dice. Sus programas de radio son, muy a menudo, espléndidos, pero Finkielkraut tiene miedo, teme que la lengua francesa que él maneja con tanta precisión sea destruida por esos hijos de emigrantes que se expresan de manera aproximativa, en un argot lleno de interjecciones y guturalidades. Recuerdo a los pequeños calabreses con los que jugaba de niño. ¡Cuando era la hora de reclamar la merienda, de pronto, abandonaban su idiolecto! El argot de las barriadas es el lenguaje que hablan los pobres para hacerles creer a los ricos que les esconden algo. ¡Pero no tienen nada que esconder, como no sean pequeños negocios miserables y una enorme desesperación!". Ese miedo lo alimenta el poder, la prensa, la sociedad toda. Es importante tener culpables y en la escuela todos los escalafones encuentran su culpable: el otro.

"En cualquier caso, cuando se habla de violencia en la escuela no hay que olvidar que la escuela es, per se, el lugar de todas las violencias. Es el lugar donde se entrechocan el conocimiento y la ignorancia. Enseñar es violento, es violentar al otro. ¡Todo acto iniciático es violento!", concluye sin dejar de creer en que la violencia que el saber le aplica a la ignorancia está justificada y que el aprendizaje es una forma de canalización de la violencia. Los cancres, escudados en su caparazón de nulidades, puede que sufran esa violencia más que cualquier otro tipo de alumno. "El cancre, como todos los demás, cuando tiene que responder a una pregunta, puede elegir entre una respuesta correcta, otra equivocada o la absurda. Acostumbra a elegir la absurda. Cuando sucede esto el profesor no puede calificarle, decirle que su respuesta es errónea porque no lo es: es absurda, que es otra cosa. El cancre responde lo primero que le pasa por la cabeza porque aún no ha salido de la lógica infantil que hace que el niño crea que cuando el profesor pregunta es porque necesita una respuesta. El cancre responde para que le dejen tranquilo, para que quede claro que él, el cretino, el idiota, cumple con las reglas del juego y contesta aunque sea un absurdo".

No se considera pesimista porque cree "en la posibilidad de la transmisión". Dejó la enseñanza cuando la literatura le permitió ganarse la vida. "Soy un escritor que ha llegado un poco tarde a la notoriedad. Todo lo hago despacio. El éxito me llegó a los cuarenta años". De su serie con el señor Malaussène como protagonista, con el barrio de Belville como el otro gran protagonista, se han vendido centenares de miles de ejemplares. De Mal de escuela, más de 700.000. Su madre centenaria aún no acaba de creerse que aquel retoño tan poco dotado para los estudios haya sido un buen profesor y hoy un escritor de éxito, y piensa que todo es fruto de un equívoco que no puede durar. Él evoca en su libro ese escepticismo materno o el orgullo con que el padre ponía en las cartas que le escribía, junto al nombre y apellido, el título de "profesor". Y recuerda al mismo tiempo su incomprensión ante alumnos irreductibles. "Un chaval terrible. Cuando le vi pensé que acabaría en las páginas de sucesos. Había en él una violencia fría, tremenda, que no necesitaba ni tan sólo un enfado para manifestarse. Un día detuve a tiempo su puño cuando estaba a punto de estamparlo en la cara de una chica. La directora del centro me llamó para advertirme de que el chico, en su casa, pegaba a su padre. Y mientras lo hacía, la madre rezaba. Había sido adoptado y el padre, para hacerse obedecer, le pegaba. Cuando él cumplió los 14 la situación se invirtió. Se fue de la escuela. Dos o tres años después me paró en la calle. Repartía pizzas. Fuimos a tomar un refresco. Parecía equilibrado".

Entre las satisfacciones inesperadas del autor Pennac está la acogida que mereció Como una novela (Anagrama), un ensayo sobre la naturaleza de la lectura, sobre el placer que proporciona y cómo éste no puede ser obligatorio. "Cada curso me encontraba con algún alumno que me preguntaba, el primer día de clase, si iba a ser obligatorio leer. Cuando te preguntan eso te están diciendo otra cosa: no se trata de que no les guste leer, lo que no les gusta es que a continuación les preguntes, que les pongas en evidencia en clase, aparecer ante los ojos de los demás y los propios como un imbécil. ¡Todo eso no tiene nada que ver con la lectura! ¡Las preguntas no son la lectura! Desde hace décadas esa situación viene repitiéndose y el Ministerio de Educación Nacional persiste en una técnica que se ha revelado nefasta, al menos para un porcentaje importante de alumnos. Yo les leía en clase fragmentos, les acostumbraba a descubrir la magia del sentido. Al final me pedían los libros para poder acabarlos, para saber cómo terminaba lo que yo les había comenzado". Pero si la idea general es buena para todos, la receta necesita de fórmulas de aplicaciones personalizadas. Los chavales no llegan a la escuela en igualdad de condiciones. Por eso Pennac recuerda su caso y el de otros muchos que le hicieron ser feliz como profesor. Que aún hoy hacen que vaya a menudo a los institutos y colegios para hablar con los alumnos. "Lo mejor es que muchos de ellos, que hablan un francés lleno de tacos, me reprochan que en mis novelas también los haya. ¡Para ellos la literatura, la letra impresa, es sagrada y no merece ser contaminada por vulgaridades!".

Mal de escuela. Daniel Pennac. Traducción de Manuel Serrat Crespo. Mondadori. Barcelona, 2008. 256 páginas. 20,90 euros. El libro se venderá a partir del próximo viernes.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Enseñar a controlar las emociones

La escuela saca suspenso en emociones

España se resiste a implantar técnicas para educar los sentimientos, salvo algunos centros pioneros - La corriente divide al profesorado

JOAQUINA PRADES El País, 05/09/2008

El pequeño Darío (11 años, sexto de primaria en un colegio público de Madrid) no atiende en clase de lengua porque se aburre y se dedica a interrumpir y a molestar a sus compañeros. La profesora, tensa porque el curso se agota y apenas ha cumplido la mitad del temario impuesto por Educación, pierde los nervios, grita y castiga al alumno a salir al pasillo. Al día siguiente, la escena se repite. Y también la semana siguiente, y la otra, y la otra, y así hasta entrar en una espiral perversa que a ella la sitúa al límite de su resistencia y al chico lo va hundiendo en un pozo del que no sabe cómo salir y que le genera rechazo a acudir cada día a ese lugar desagradable llamado colegio.

Este sistema rechaza catalogar a un alumno como "un caso perdido"
"Habíamos llegado al límite", afirma un docente de un colegio cántabro
El chico colorea su figura de rojo en un cuadro si ha sido revoltoso
La Complutense se negó a incluir la materia en su currículo


Un escolar muy similar a Darío, pero esta vez sentado en una de las aulas del centro público María Sanz de Sautuola, en Santander, sabe que cuando acabe la clase que ha alborotado debe bajar al despacho del jefe de estudios y colorear en un cuadro que le representa una parte figurada de sí mismo. En rojo, si su comportamiento ha sido malo; verde si ha atendido y ha sido amable con sus compañeros y profesores, y amarillo si se ha portado regular.

Cuando acuda a clase al día siguiente contará en una pequeña asamblea qué hizo mal, por qué lo hizo y cómo cree él o sus compañeros que puede mejorar. Pedirá disculpas, o se autoimpondrá alguna tarea en beneficio de los demás, y a cambio no se permitirá que ningún niño le insulte o menosprecie por su comportamiento y a ningún docente se le ocurrirá colgarle la etiqueta de "caso perdido". Los profesores de este colegio, pioneros en España en la aplicación de técnicas de inteligencia emocional en la escuela pública -algunos centros privados hace ya tiempo que las aplican- saben por experiencia que prácticamente ningún niño es un caso perdido. Todo depende de cómo se le enseñe a reaccionar ante el conflicto.

¿Es la inteligencia emocional, como aseguran los profesores que la utilizan, una herramienta eficaz para pacificar el ambiente escolar y contribuir a formar mejores personas? ¿O se trata de una moda pasajera, algo ingenua, que no tiene en cuenta que una cosa es la teoría y otra muy distinta vérselas cada día con un grupo de fieras que sólo piensan en divertirse y se niegan a esforzarse? ¿Acaso no hemos aprendido a base de castigos y el que vale, vale, y el que no, al 30% de fracaso escolar que sitúa a España en el furgón de cola educativo de la UE? A muy pocos días de la inauguración del curso escolar 2008-2009, el debate sigue en pie.

La inteligencia emocional, impulsada por las teorías del aprendizaje del psicólogo Karl Rogers y popularizada por el escritor Daniel Golemán a mediados de los noventa, consiste en desarrollar la capacidad de sentir; entender las causas de este sentimiento; controlarlo y modificarlo. Para ello existen técnicas. El Instituto Español de Inteligencia Emocional de Madrid es uno de los que las enseña, especialmente a los profesores. Su instructora, Ana Bayón, explica cómo: "Primero se pone nombre al sentimiento: furia, cólera, rabia, miedo, frustración... para saber a que nos enfrentamos. Una vez identificado, sabemos qué hacer".

Estos seminarios reúnen a los docentes en grupos pequeños y cada profesor verbaliza lo que le preocupa. Los demás escuchan. El que habla observa de lo que tanto le preocupa le ocurre a otros profesores, que han salido ya del atolladero. "Toman conciencia de que no están solos y de que el problema tiene solución", comenta Ana Bayón.

En España, aunque el sistema educativo no concede importancia a la educación emocional -"parece ser no forma parte de nuestra cultura", comentó a este periódico un ex alto cargo de Educación- cada día son más los docentes y pedagogos que son conscientes de su utilidad y tratan de aplicarla, a veces más por intuición que por técnica, en sus lugares de trabajo. Otros la rechazan porque entienden que para la solución de conflictos internos ya están los psiquiatras y los psicólogos. Este rechazo suele manifestarse en la negativa a participar en los tímidos planes de formación en "gestión humana" que de vez en cuando la Administración intenta con los profesores de secundaria. Una facultad de la Universidad Complutense de Madrid ha declinado participar en uno de estos cursos alegando que su misión consiste en formar profesores que dominen la materia que van a impartir en el instituto, y que lo demás no es de su incumbencia. Pero, a pesar de todo, la educación emocional se abre paso con más fuerza, y ya se cuentan por miles los profesores -mayoritariamente del sector privado y de los niveles de infantil y secundaria- que asisten a los cursos y aplican lo que han aprendido con sus alumnos.
En la Federación Española de Religiosos de la Enseñanza (FERE) albergan pocas dudas sobre la utilidad de la inteligencia emocional. José Ignacio Peña y Beatriz Arroyo, del departamento pedagógico-pastoral de la patronal de los colegios católicos, aseguran que comenzaron con unos pocos seminarios, hace dos años, y ahora no dan abasto. "Se ha corrido la voz y cada vez nos piden cursos, tanto para profesores como para directores de centro, porque quienes han participado saben ya que todos, profesores y alumnos, salimos ganando", asegura Peña. Para este experto, "resulta desolador" comprobar la poca importancia que nuestra cultura concede a las emociones y eso nos lleva, según él, a olvidar el papel fundamental de la escuela: "Educar no es sólo transmitir conocimientos. Ése es el segundo objetivo. El primero es formar personas".
Ese concepto lo ha aprendido bien Miguel Ángel Terreros, un profesor de Infantil de un colegio católico. "Cuesta salir de la inercia de juzgar, etiquetar... Pero cuando lo haces, los resultados son espectaculares. Los niños te devuelven multiplicados lo que les das. Si ofreces un abrazo, te devuelven diez. Pero hay que saber dar ese paso; hay que saber abrazarles incluso cuando se portan mal".


¿Es así de sencillo? Eduardo Larriera, asesor en inteligencia emocional de la patronal de la enseñanza privada Acade, sonríe al responder que sí. Aunque discrepa en que se trate de una tarea fácil. De hecho, muchos la rechazan. "Me producen un cierto pánico los profesores que piden más disciplina y más mano dura, porque aún no se han dado cuenta de esa vía está equivocada. Y lo peor es que esos docentes nunca aceptarían asistir a un curso de inteligencia emocional, cuando en realidad son quienes más la necesitan", reflexiona.

No todo son sinsabores. Larriera acaba de recibir un correo de una profesora de secundaria que asistió el pasado mayo a uno de sus cursos. "Un alumno se sentaba con el trasero al borde de la silla y las piernas despatarradas en mi clase de matemáticas, y así estaba hasta terminar. Mi reacción era gritarle: '¡Siéntate bien. Pon la espalda recta!'. Nunca hizo caso". Tras el seminario, esta profesora decidió dedicar diez minutos de la clase a mostrar a sus alumnos una lámina con un esqueleto humano, detallarles la función de sostén de la columna vertebral y recomendar la conveniencia de cuidarla. "Al día siguiente, el chico seguía con sus malos hábitos. En lugar de enfadarme, le dije: '¿Recuerdas lo que hablamos ayer?". El adolescente contestó con un bufido, pero se enderezó. Y cada día aguantó más tiempo bien sentado. Ella le transmite su sorpresa al instructor: "Funciona".

En el colegio cántabro Ana Sanz de Sautuola lo descubrieron hace seis años, al afrontar una situación de emergencia. El alumnado, procedente en parte de familias desestructuradas, hacía difícil la convivencia. "Habíamos llegado al límite. Necesitábamos un plan de choque", recuerda Carlos Rodríguez, ahora director de este centro público. Cambiaron los castigos, gritos y nervios por la paciencia y el diálogo. Preguntaron a sus alumnos qué les pasaba. Los profesores se limitaron a escuchar. Después hablaron de soluciones. Desde entonces, y vistos los resultados, aplican las técnicas de inteligencia emocional en todos los cursos, desde infantil a sexto de Primaria. La demanda de matriculación, los resultados académicos y los premios recibidos parecen indicar que han optado por el camino correcto.

Las autoridades educativas, sin embargo, parecen mirar para otro lado. Pere Darder, presidente del Consejo Escolar de Cataluña, partidario de estas nuevas técnicas, se muestra cauteloso: "No pedimos un cambio, pedimos una revolución". Y esa revolución consiste en volver del revés el sistema y desterrar las secuelas de aquel inquietante axioma de la letra, con sangre entra. Con todo, Darder cree que el camino está iniciado y no tiene vuelta atrás.

Jiménez Losantos

Entre un gilipollas y una negra resentida

JOAQUÍN ROY El País, 04/09/2008

Barack Obama se educó en Harvard, lo que es preocupante. Es una vacía caricatura y compararlo con Paris Hilton es injusto para ella. Obama es un alquimista un poco negro, no muy blanco, café con leche; ni es joven, ni es viejo; no ha hecho nada desde que sus padres lo abandonaron y fueron así los primeros que no votaron por él. Pero se ha permitido el lujo de hablar ante la Puerta de Brandemburgo. En cuanto a su mujer, Michelle, es una arpía de cuidado, una negra profesional, una resentida.

Jiménez Losantos también insulta en Latinoamérica, donde muchos no saben que ya ha sido condenado


La alternativa sería John McCain, pero sin entusiasmo. McCain es un candidato muy "aseado", que no ha hecho nada desde que salió de Hanoi. Tampoco uno se siente atraído por su mujer Cindy, pero que "para el vicio" tiene más interés. McCain, en cumplimiento de la obligación histórica de Estados Unidos como primera potencia, debiera ordenar la invasión de Ecuador y Venezuela, con una estrategia dictada por el lema de "a por ellos", que tan buenos resultados le dio a la selección española de fútbol en la Eurocopa.

Respecto a Castro, este hombre no debiera morirse de repente, sino sobrevivir con un ano en el pecho, en una lenta pero alargada agonía de Parkinson recurrente. El siguiente en la lista de ejecutables sería Hugo Chávez, prueba de la evolución de los primates, que en lugar de ser lineal tiene sus altibajos, como este "salto atrás". La relación de Hugo Chávez con el poder es la del gorila, mientras que su discípulo pre-homínido Evo Morales es un chimpancé, más modesto y limitado, más cómodo en las alturas de los árboles. Entretanto, en Centroamérica gobierna el miserable de Daniel Ortega, acusado de violar y abusar de una adolescente durante años, y en Ecuador alguien más peligroso, Correa.

De la quema se salvaría solamente Álvaro Uribe, presidente de la parte más sana de América. Porque aunque Óscar Arias merezca consideración, tiene también sus defectos. Así que, por lo tanto, nada tiene de extraño que Alan García sea aceptable después de haber dejado en ruina al Perú. Argentina, por su parte, está en manos de un matrimonio corrupto. Es imposible responder a la pregunta de quién elige a estos idiotas.

¿Qué queda al otro lado del Atlántico? Pues las perspectivas son negativas. España esta regida por un monarca corrupto, amigo de Fidel y que recibe comisiones de Chávez. Además, comercia con petróleo, no solamente con el gorila venezolano sino también con los jeques árabes. Si la monarquía no sirve (el príncipe Felipe es una incógnita), la república tampoco parece ser la solución a la vista de que el presidente Rodríguez Zapatero es un gilipollas, un peligroso idealista, un idiota con exceso que cree que puede cambiar la realidad. Zapatero ya no es un bambi, sino que le han crecido cuernos. Fue reelegido, por pocos votos, porque tiene casi todos los medios de comunicación a su favor. En lugar de seguir la suerte de sus colegas latinoamericanos, sería mejor que fuera aquejado de una enfermedad. Por su parte, la derecha española tampoco es una alternativa, ya que Mariano Rajoy, el candidato del PP antes liderado por Aznar, quisiera simplemente heredar el poder de Zapatero. El líder verdadero de la derecha es el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, un mal tipo de cuidado.

¿Cuál es el remedio ante tal panorama? Refugiarse en un hotel de Miami, con ropa de abrigo en pleno verano para protegerse del aire acondicionado. Después de todo, Estados Unidos es un país sin cuya ayuda Europa sería hoy una granja nazi y un campo de concentración soviético.

Lo anterior no es una columna de extensión cómoda para los editores, es simplemente la transcripción literal de algunas de las perlas emitidas por Federico Jiménez Losantos en un programa televisivo del peruano Jaime Bayly, transmitido por MEGA TV y varias emisoras latinoamericanas y disponible en YouTube. Y mientras puede que algunos aplaudieran esta insólita antología de disparates e insultos, otros la seguían con estupefacción.


Hay muchos que creen que cualquier cosa que "sale en la tele" es verídica. Son muchos los que no saben que Jiménez Losantos ya ha sido condenado en sendos juicios por insultos a impecables figuras conservadoras como el alcalde Ruiz-Gallardón y José Antonio Zarzalejos, ex director del diario Abc. Son muchos los que ignoran que el sector conservador de la COPE, la emisora de la Conferencia Episcopal Española, donde Jiménez Losantos es estrella, domina sobre los moderados, que están francamente alarmados.

Y nadie tiene la valentía de presentar una querella de mayor cuantía (no de apenas 36.000 y 100.000 euros, las multas impuestas a Jiménez Losantos por dos tribunales de Madrid por calumnias), una querella a la americana, de varios millones de euros o de dólares. Y nadie presenta cargos por la ejecución de delitos contra el honor y la persona, perfectamente tipificados por los códigos penales. Tal vez si alguien lo hiciera, los responsables de las cadenas y diarios que cobijan esta sistemática conducta se lo pensarían dos veces.
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Joaquín Roy es presidente del Spain Study Group

jueves, 4 de septiembre de 2008

Detener el envejecimiento

La vejez se puede detener

Los científicos creen que el deterioro físico no es un mandato de la evolución y es tratable - El envejecimiento ya se ve como enfermedad

MÓNICA SALOMONE El País, 04/09/2008

Nadie diría hoy que ser viejo equivale a estar enfermo, aunque ningún fármaco puede evitar las canas y las arrugas, ni la pérdida de agilidad y vigor. Pero la agencia del medicamento estadounidense, la FDA, ya ensaya medicamentos en animales para retrasar el envejecimiento. No es que la píldora de la eterna juventud esté al caer, ni mucho menos, pero el interés de las compañías farmacéuticas por buscar una cura para el deterioro físico es cada vez mayor. La razón es que los científicos se han dado cuenta de que envejecer no es un imperativo de la evolución, sino un proceso alterable. ¿Sería posible retrasarlo mucho? ¿Incluso evitarlo? Son preguntas hasta hace poco dentro del ámbito de lo fantástico, pero que hoy generan investigaciones de primera línea. Los hallazgos de los últimos años han hecho que hasta los científicos más ortodoxos, los mismos que ven en las proliferantes terapias antiedad sólo un producto de mercadotecnia, se planteen cómo prolongar la vida humana.


Tras reproducirse, las personas no tienen valor para la naturaleza
Cáncer o alzhéimer son las distintas caras de un problema único
Los organismos se renuevan casi por completo de forma continua
Hay mutaciones que alargan un 40% la vida de gusanos o ratones


Aunque habrá que tener paciencia. Ninguna de las sustancias en pruebas se ha mostrado por ahora efectiva, según se explica en un reciente artículo de la revista Nature. Pero se sabe, por ejemplo, que en levaduras, en la mosca de la fruta y en el gusano Caenorhabditis elegans un compuesto llamado resveratrol presente en la piel de las uvas, en el vino tinto y en las nueces afecta la actividad de un gen implicado en la longevidad. También se sospecha que un antibiótico antifúngico y un fármaco empleado en la diabetes podrían interferir con la acción de genes similares. Lo mismo que un antitumoral en pruebas.

Tras este nuevo filón farmacéutico hay un cambio de paradigma científico: que el envejecimiento biológico no es una consecuencia inevitable del paso del tiempo. Por ejemplo, no había muchos viejos hace 50.000 años, aunque los genes de aquellos primeros Homo sapiens fueran como los nuestros.

Esto -y otras muchas evidencias- ha guiado a los investigadores hasta una idea clave: no es obligatorio envejecer desde el punto de vista evolutivo. El envejecimiento no es como el cambio de dentición, que claramente otorga ventajas, o la pubertad, que prepara al organismo para reproducirse. A la evolución le da lo mismo que nos salgan canas y arrugas. De lo que se deriva que el envejecimiento no es inmutable.

La esperanza de vida en el mundo desarrollado ha aumentado unos siete años en las últimas tres décadas, y el último informe de Eurostat, publicado hace unos días, dice que los mayores de 65 años constituyen ahora el 17,1% de los europeos, y serán el 30% en 2060. También serán más los octogenarios: del 4,4% actual, al 12,1%. Los demógrafos son los primeros sorprendidos. "La mortalidad de los mayores no se estanca, sino que baja. Esto era totalmente inesperado", dice Julio Pérez Díaz, demógrafo del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Y, sin embargo, puede que el cambio mayor aún esté por llegar. Se planteaba en Nature: "La cuestión no es si la duración media de la vida humana aumentará modestamente en las próximas décadas. Eso ocurrirá casi con toda seguridad. La cuestión es más bien si es factible posponer el envejecimiento humano y la muerte natural por muchas décadas, incluso de forma indefinida". ¿Décadas de vida extra? ¿Inmortalidad? Suena ambicioso, pero los autores dejan claro que su análisis nada tiene que ver con las terapias antiedad hoy en boga. Ellos parten de una pregunta muy básica: por qué a partir de cierta edad el organismo empieza a funcionar de forma menos perfecta. La respuesta está en la evolución.

María Blasco, del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), cuyo trabajo con una molécula llamada telomerasa ha abierto toda una nueva vía de investigación en esta área, señala: "El envejecimiento no es un programa genético seleccionado y conservado por la evolución; más bien sería un colapso del organismo". El envejecimiento ocurriría por defecto, por así decir, y no porque confiera una ventaja al individuo. "Hay varios argumentos. Uno es que el envejecimiento es muy raro en la naturaleza. Otro es que, en caso de envejecer, esto se hace una vez que el individuo se ha reproducido y ha criado a su descendencia, y, por tanto, lo que le pase a partir de ese momento no va a trascender (en términos genéticos, no se va a trasmitir a ninguna descendencia). A la evolución los viejos no le importan", prosigue Blasco. Los paleoantropólogos podrían comentar que tal vez la longevidad dé ventajas evolutivas no a quien la disfruta, sino a sus descendientes, como sabe cualquier familia con abuelos cuidaniños. Pero ésa es otra historia.
¿Qué pasa en un cuerpo que envejece? ¿Cuáles son los mecanismos biológicos responsables de contribuir a su colapso? Descubrirlo vale la pena, sobre todo si se pretenden combatir esos mecanismos. Además, aquí hay un elemento interesante: la relación del envejecimiento y la enfermedad. Cobra fuerza la idea de que las dolencias más frecuentes en edad avanzada, como el cáncer o el alzhéimer, son distintas caras de un problema único: el envejecimiento. Esto implica que conviene desentrañar la biología del envejecimiento para atacar conjuntamente enfermedades en las que hoy se investiga por separado.


"Los cambios biológicos que nos predisponen a enfermedades fatales e incapacitantes están causadas por el proceso del envejecimiento. Por eso debemos convertir en prioritarias las intervenciones para retrasar estos procesos", afirmaba tajante ya en 2005 Jay Olshansky, biogerontólogo de la Universidad de Chicago, en un célebre artículo publicado en The Scientist.
En esta misma línea, Jesús Ávila, del Centro de Biología Molecular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), comenta: "El envejecimiento es un riesgo para muchas enfermedades: sabemos que hay procesos comunes, y que lo que cambia es el tipo celular". La científica Blasco apuesta también por el ataque conjunto: "La clave está en alargar la vida de nuestros órganos y tejidos, y para ello hay que entender los mecanismos moleculares del deterioro".


No hay respuestas unánimes para cuáles son esos mecanismos. Pero hay hipótesis. Se acepta, en general, que el organismo va acumulando daños, por ejemplo en el material genético de las células, a medida que pasa el tiempo. Son daños debidos a procesos como la liberación de los famosos radicales libres, inevitable subproducto de nuestra respiración. Y una idea reciente es que, de estos daños, los más importantes son los que afectan a las células madre. Lo explica Ávila: "Nos estamos recambiando todo, incluso parte del sistema nervioso central, gracias a las células madre adultas en nuestro organismo. Hay quienes creen que con los años las células madre se agotan. Pero, ¿por qué?".

Y ahora, la gran pregunta: ¿qué posibilidades reales hay de frenar o incluso revertir el envejecimiento? Los autores del artículo de Nature recuerdan que hoy se conocen cientos de mutaciones genéticas capaces de prolongar la vida -a veces hasta en un 40%- en gusanos, levaduras, moscas de la fruta y ratones. Son genes implicados en el crecimiento, el metabolismo, la nutrición y la reproducción. Muchos tienen efectos bioquímicos similares a los que desencadena un comportamiento que, según se sabe hace ya un siglo, prolonga la vida de los ratones en el laboratorio: la restricción calórica. Esto es, comer muy poco, aunque sin caer en la malnutrición.

La restricción calórica es, de hecho, lo único que, aparte de las manipulaciones genéticas, se ha demostrado efectivo en ratones -no en humanos- para alargar la vida.

¿Se lograrían resultados igual de llamativos con humanos? Nadie lo sabe. ¿Y la manipulación genética? Los autores del citado artículo advierten de que el aumento de la longevidad debido a mutaciones es menor a medida que la complejidad de los organismos crece. Tal vez en los seres más complejos los circuitos genéticos implicados en la extensión de la vida estén regulados a su vez por otros circuitos, aún desconocidos.

Pero el mensaje global no es pesimista. La investigadora Blasco, con su grupo, está tratando de obtener un alargamiento importante de la vida en ratones combinando varios genes. Que no sea sólo un gen en ratones "quiere decir que para afectar a la longevidad significativamente en humanos seguramente habrá que combinar distintos fármacos".

Tal vez no haga falta actuar sobre los genes. Otra posible estrategia es hacer artificialmente el trabajo de regeneración que unas ancianas células madre ya no pueden llevar adelante. Algo así como ir al mecánico a por un repuesto, sólo que celular. Para hacer realidad algo así habría primero que obtener células pluripotentes -capaces de diferenciarse en cualquier tipo celular- posiblemente a partir de embriones creados con células adultas de cada individuo. Y faltaría por resolver además el problema del cerebro: las neuronas que almacenan los recuerdos, las experiencias vitales, no se regeneran. ¿Quién querría tener un cerebro joven pero en blanco?
Así pues, los científicos de Nature responden con un "no lo sabemos aún" a la pregunta de si el hombre podrá algún día ser inmortal, pero se muestran optimistas con respecto a la posibilidad de alargar nuestra existencia y conseguir además que ésta sea mejor. "Hace dos décadas, la prolongación de la vida era una fantasía, mientras que ahora se buscan fármacos exactamente para eso. No hay razón científica para no esforzarse por curar el envejecimiento, de modo similar a como lo hacemos hoy con el cáncer y otras enfermedades", concluyen.

Años ganados

Cuando se habla de aumento en la esperanza de vida suele haber una reacción inmediata: ¿y las pensiones? Las previsiones de Eurostat indican que en 2060 habrá sólo dos trabajadores por cada jubilado, frente a los cuatro actuales. Pero varios expertos niegan que esas cifras conduzcan a un colapso del sistema. El demógrafo Julio Pérez Díaz resalta el "enorme aumento de productividad" de las últimas décadas, que ha permitido multiplicar la riqueza que un único trabajador genera. Como no cree que esa tendencia vaya a cambiar, duda de que vaya a hacer falta prolongar la vida laboral. En cambio, un estudio de la Fundación de Estudios Financieros sí que considera "un riesgo" la longevidad de los españoles, y afirma que "los cambios demográficos, si se quiere mantener la equidad social, sólo pueden afrontarse con un incremento del ahorro y una prolongación de la edad de jubilación".

Pero el dinero no lo es todo. ¿Cómo cambiará la sociedad? ¿Qué papel jugarán los mayores a medida que vayan siendo cada vez más? Los años ganados serán, se cree, de salud. "Es lo que ha venido ocurriendo hasta ahora", dice Pérez Díaz. En su opinión, las ciudades se adaptarán cada vez más, incluso arquitectónicamente, a las necesidades de los abuelos, que, por su parte, constituirán un mercado y desempeñarán funciones nuevas. Se consolidará la tendencia iniciada ahora: los mayores cuidarán a los niños y a los dependientes, y los jóvenes producirán.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Garzón

EDITORIAL DE EL MUNDO

Truculenta garzonada

martes 02/09/2008 14:12

Preguntado sobre si la Ley de Memoria Histórica había resucitado los fantasmas del pasado, Zapatero respondía el pasado domingo a este periódico: "No ha pasado nada porque no era contra nadie".

Resulta difícil saber si esta ley ha influido en Baltasar Garzón, pero el hecho es que el juez de la Audiencia Nacional vuelve a agitar esos duendes macabros al abrir una especie de macroinvestigación judicial sobre los crímenes cometidos por el llamado bando «nacional» durante la Guerra Civil y la primera época del franquismo. Por la forma como está redactado su escrito, se puede deducir que Garzón excluye los asesinatos cometidos bajo cobertura del régimen republicano.

Garzón ha enviado providencias a los alcaldes de Madrid, Sevilla, Córdoba y Granada y ha pedido la colaboración de nada menos que 22.800 parroquias y diversas instituciones, solicitando las listas de desaparecidos durante ese periodo. No explica con qué propósito, pero se supone que su petición se inscribe en el marco de una investigación penal a raíz de varias denuncias presentadas en la Audiencia Nacional.

La iniciativa de Garzón recuerda mucho a la Causa General ordenada por Franco en 1940, con el propósito de catalogar y denunciar todos los delitos cometidos por los partidarios de la República desde abril de 1931. La Causa General de Franco fue, sobre todo, un acto propagandístico para intimidar a los vencidos. Es difícil saber qué se propone Garzón, pero todo indica que intenta recuperar el protagonismo perdido en los medios de comunicación.

Ni que decir tiene que estamos ante una iniciativa truculenta sin ninguna posibilidad de prosperar. En primer lugar, porque Garzón no es competente para investigar estos crímenes. Y, en segundo lugar, porque la Ley de Amnistía, aprobada por el Congreso en octubre de 1977, ponía punto y final a cualquier tipo de responsabilidad penal por delitos políticos cometidos con anterioridad al 15 de diciembre de 1976, fueran de la gravedad que fueran. Así se lo ha recordado un escrito de la Fiscalía de la Audiencia Nacional. Además, la investigación de esas desapariciones exigiría ingentes recursos humanos y materiales, de los que el sistema judicial no dispone.

A Garzón todo eso le da lo mismo, ya que lo que busca no es hacer justicia sino instrumentalizarla para sus fines personales. La realidad es que, entre sus viajes a Latinoamérica para denunciar los crímenes de las dictaduras, sus conferencias, sus libros y la realización de documentales, apenas le quedan ya horas para realizar su trabajo. Seguramente por eso ha sido incapaz de investigar quién dio el chivatazo a los recaudadores de ETA, no tuvo tiempo de transcribir la cintas de los islamistas que tal vez hubieran evitado el 11-M y ha dejado enormes lagunas en casi todos los sumarios que ha instruido.

Esta última de sus garzonadas ni siquiera puede ser tomada en serio. Es un puro disparate sin opción alguna de salir adelante. Sería cuestión de olvidar este despropósito si no fuera porque hace un tremendo daño a la Justicia y a la Audiencia Nacional. El Consejo General del Poder Judicial debería intervenir para poner en su sitio a Garzón, al que le han permitido ya demasiados excesos.

A favor de la Filosofía

FERNANDO SAVATER
A favor de la filosofía


El País, 02/09/2008

Sin duda hoy la filosofía no es la chica más guapa de la clase ni tampoco la más popular. Pierde horas en los planes de estudio y para colmo se la empareja en algunos cursos con Ciudadanía, lo cual es el mejor modo de fastidiar por igual ambas materias. Yo creo que uno de los problemas principales del estudio de la filosofía es lograr entender de qué va o, mejor, cogerle la gracia: como los chistes. No es tan fácil. Isaiah Berlin empezó su vida académica como filósofo (era uno de los discípulos predilectos de Wittgenstein) pero luego dejó este primer amor para dedicarse a la historia de las ideas; cuando se le preguntó por las razones de tal cambio, repuso: “Es que quiero estudiar algo de lo que al final pueda saber más que al principio”. En efecto, la filosofía trata de cuestiones no instrumentales —como las que se plantea la ciencia— y que por tanto nunca pueden ser definitivamente solventadas: sus respuestas ayudan a convivir con las preguntas, pero nunca las cancelan. De ahí que quienes aconsejan con impaciencia a los filósofos acogerse a la psicología evolutiva o a las neurociencias sencillamente no entienden el chiste ni ven la gracia al asunto. Como bien indica Giacomo Marramao en Kairós (editorial Gedisa), “las interrogaciones filosóficas se sirven de la experiencia y no del experimento, y por ello sólo pueden utilizarse en los símbolos, metáforas, palabras clave con las cuales intentamos conocer la realidad en que vivimos”.

Representa la autonomía del individuo frente a veneraciones establecidas
Quizá la mejor caracterización de la inquietud filosófica es señalar que se ocupa de “las interrogaciones que a todos nos conciernen”, no en cuanto preocupados por tal o cual sector del conocimiento, sino en lo que toca a nuestro común oficio de vivir como humanos. Éste es el planteamiento básico sustentado por Víctor Gómez Pin en su Filosofía (Gran Austral, editorial Espasa Calpe), una introducción general a la materia que puede resultar ardua para quien apetezca simplificaciones de manual pero que resulta provechosa a cuantos crean que lo importante siempre resulta también exigente. Gómez Pin no rehúye partir de los avances de la matemática y otras ciencias, pero busca sin cesar establecer ese nivel común a la inquietud humana general que es propiamente filosófico. Porque no debe olvidarse —como bien dice Odo Marquard— que el filósofo no es un experto, sino quien dobla al experto: el especialista para escenas de peligro.


Otro camino de acercarse al chiste filosófico pasa a través de la vida y obra de algunos grandes pensadores. Las ediciones Marbot, que han iniciado recientemente con acierto y buen gusto su andadura, proponen dos libros excelentes a tal propósito. Cada uno de ellos está centrado en un filósofo, desde enfoques muy distintos aunque ambos bien logrados. El Séneca, de Paul Veyne, historiador del mundo clásico que estuvo muy vinculado intelectualmente a Michel Foucault, es un estudio magistral de la vida, obra y época del pensador nacido en la Córdoba primitiva. Nos narra la trayectoria humanísima y por tanto a veces contradictoria de un indagador preocupado con esa gran molestia intelectual y práctica: la dificultad de habitar el mundo sabiéndose mortal. En los días de Séneca, ser filósofo no era escribir tratados de filosofía ni mucho menos dar cursos de esa materia, sino vivir de un modo determinado: con deliberación y conciencia, luchando contra la rutina mimética que todo lo arrastra y nada se pregunta. Por otra parte, el Spinoza, de Alain, prescinde de la parafernalia historicista y de la mirada externa de comentador: resume en un inigualable prontuario lo esencial del pensamiento del valiente sabio judío como si fuera él mismo quien hablase sin intermediarios ni distancia académica. Durante muchos años, el libro de Alain ha constituido la base de gran parte de mis cursos y también —ayer como hoy— del pensamiento que me ayuda a vivir. Por suerte, la filosofía es una tradición de la que no debemos renunciar a nada: pero si debo quedarme con un solo compañero filosófico, que me dejen con Spinoza.´

La filosofía nace con la democracia y representa en el terreno intelectual lo mismo que ella en el político: la autonomía del individuo pensante frente a las veneraciones inapelables establecidas. Quienes por razones espuriamente funcionales tratan de disminuir hoy su peso en la enseñanza, pretenden sin duda también la sumisión al poder incuestionado y no la mera eficacia laboral.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Enseñanza concertada

El negocio de la concertada

Los centros subvencionados salen más baratos a los gobiernos que invertir en escuelas públicas - Los expertos educativos avisan de que la cohesión social se resiente allí donde avanza la red privada

J. A. AUNIÓN El País, 01/09/2008

Empieza septiembre y, con él, el curso escolar. Los niños volverán a clase y las cifras de alumnado dirán de nuevo que la escuela pública asume la inmigración (el año pasado tenía el 67% de los alumnos y el 82% de los extranjeros), mientras la privada concertada, que también se paga con dinero público, acepta menos chavales extranjeros de los que le correspondería. Se reiniciará una pelea que parece no tener fin en un sistema educativo, el español, atípico dentro de los países desarrollados. Sólo Holanda y Bélgica, en los que la red concertada religiosa es mayoritaria en la educación, y Reino Unido, que lleva años experimentando toda clase de posibilidades, tienen menos porcentaje de alumnos de primaria, secundaria y bachillerato escolarizados en la escuela pública (ver gráfico).

¿No tiene solución esa batalla? ¿Es posible la convivencia pacífica entre las dos redes? ¿A quién beneficia este modelo? Los colegios concertados religiosos (la gran mayoría) tienen un beneficio medio de 76.000 euros al año y los laicos, de 68.000. La situación económica, según estas cifras de 2005 del Instituto Nacional de Estadística (INE), no se percibe tan desesperada como la pinta la patronal de los colegios católicos, la FERE. Su presidente, Manuel de Castro, asegura que no tienen "ningún colegio que no sea deficitario" y recuerda que tanto el Gobierno como las comunidades han admitido su escasez financiera y están revisando el monto de las subvenciones. Explica, además, que la diferencia con la estadística del INE quizá se deba a que ciertos gastos de mantenimiento de los edificios se computan de una manera distinta.

En cualquier caso, aún con las cifras del INE, no parece el negocio más rentable del mundo. No tanto como lo es, al menos en el corto plazo y en términos puramente presupuestarios, para las comunidades autónomas, a quienes estos colegios les cuestan bastante menos que los públicos, porque no tienen que construir ni mantener esos edificios y porque los profesores suelen cobrar menos y trabajar más. Se trata de un 25% a un 50% menos, según haga el cálculo CC OO o la FERE, es decir, entre 1.400 y 3.000 millones de euros al año de ahorro.

No para las familias, ya que en la mayoría de estos centros dan algún tipo de aportación por distintos conceptos (sumadas a las actividades extraescolares, comedor o refuerzo les reportan casi el 27% de sus ingresos a la concertada religiosa y el 32%, a la laica).

Pero contra la lectura obvia de la rentabilidad para las administraciones está la mirada a largo plazo, esa que puso de manifiesto un informe del Colectivo Lorenzo Luzuriaga y que habla de la cohesión social, cultural y territorial que sólo puede garantizar una escuela pública, plural y laica que no separe, como en el caso de la concertada católica, por convicciones religiosas o por cualesquiera otras.

Por el otro lado, en la parte del negocio para sus propietarios, hay que tener en cuenta ese 76% de la concertada. Esto es, la concertada católica, cuyas motivaciones van más allá del dinero. Sus objetivos se elevan hasta el proselitismo religioso. "No tenemos ninguna pretensión de ganar dinero, sino de aportar nuestra labor a la sociedad y a la Iglesia. Claro que tenemos entre nuestros objetivos la labor evangelizadora, pero eso está en nuestro ideario y los padres lo saben cuando nos eligen. Sé que hay gente que cree que para eso ya están las parroquias, pero eso claramente choca con lo que reclama la sociedad", asegura Manuel de Castro.

Se mire por donde se mire, siempre sale a relucir la confesionalidad. Los conciertos educativos se crearon a mediados de los ochenta, con la Ley Orgánica de Derecho a la Educación que redactó el Gobierno socialista, para ordenar de alguna manera las subvenciones que desde los años sesenta habían recibido numerosos colegios católicos (siempre han sido y siguen siendo la inmensa mayoría de los centros privados). La España conservadora siempre ha esgrimido el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos, que recoge la Constitución, a favor de la escuela católica (en nombre de la cual Bélgica y Holanda tienen los mayores porcentajes de la OCDE de escuela subvencionada). Ese argumento se puede ver en las pancartas que han agitado los conservadores en las calles desde la segunda República (que intentó promover la escuela pública y laica) hasta las últimas concentraciones contra la actual ley educativa, pasando por las protestas de los ochenta contra la LODE.

Entonces, se entendió que los conciertos atacaban a los colegios católicos porque a cambio del dinero, se debía acatar una serie de reglas, por ejemplo, la libertad de cátedra de los profesores o la admisión de alumnos según los criterios que marcan las administraciones. "Suscribir los conciertos permitiría abrir los centros a todas las clases sociales, pero arriesgando precisamente lo que buscan en vosotros los padres de familia, la garantía de una educación cristiana", decía el nuncio del Papa a los padres católicos de alumnos (Concapa) en 1984.

Llegaron los conciertos, se consolidaron y el nuncio pareció salirse con la suya: los colegios no renunciaron a ese ideario cristiano, que para algunos expertos es aún la base del conflicto. "Si le quitamos el componente anticlerical, la polémica se reduce a nada", asegura el catedrático de Sociología de la Educación en la Universidad Complutense Julio Carabaña. También para el catedrático de Sociología de la Universidad de Salamanca Mariano Fernández Enguita: "Mirada con distancia, es una polémica decimonónica. El problema de la privada no es su propiedad, sino su confesionalidad".

En los últimos 20 años, con el argumento de la libertad de elección (sobre todo de elegir enseñanza católica) o de primar una escuela pública vertebradora, ha proliferado la concertada con gobiernos conservadores (PNV, CiU o PP), mientras se ha mantenido la pública bajo el mando de los progresistas. Castilla-La Mancha es la comunidad que tiene más alumnos de educación obligatoria en la pública (81%). "Nuestra prioridad es la pública, aunque sin limitar la iniciativa privada", dice el viceconsejero de Educación castellanomanchego, Pedro Pablo Novillo.
Estos han sido los posicionamientos políticos clásicos, que han venido a romper, causando un gran revuelo, los socialistas madrileños (PSM). Este verano, su dirección quiso hacer autocrítica y suavizar el discurso contra la concertada. Esto ha causado el inmediato rechazo de buena parte de sus correligionarios y de sindicatos como CC OO y UGT, que llevan dos legislaturas luchando enconadamente contra las políticas "privatizadoras de Esperanza Aguirre". Se quejan del "abandono de la escuela pública, de un gasto educativo que ha pasado del 27,5% del PIB en 2003 al 25,4% en 2007. La consejera madrileña de Educación, Lucía Figar, niega que apoyen más a la concertada que a la pública, y que haya algún nuevo barrio al que haya llegado antes un centro concertado que uno público, como aseguran los sindicatos CC OO y UGT. Y a las cifras de escolarización en la enseñanza obligatoria (53,2% en la pública, 33,9% en la concertada y 12,9% en la privada) responde: "A mí lo que me preocupa es la libertad de elección de los padres. Lo que me preocupa es el porcentaje de familias que no están yendo a la escuela que han elegido".
Sin hablar ya, como en la anterior legislatura, de una eficacia o del ahorro económico que supone la concertada, Figar sí apoya la opción de los ayuntamientos de ceder suelo privado para centros concertados. Esto ha llegado a situaciones extremas, como la de ceder a la gestión privada un colegio público ya construido.


Fue precisamente la situación de Madrid lo que llevó al Colectivo Lorenzo Luzuriaga a redactar y publicar el documento para el debate Por la escuela Pública. El texto argumenta que la regla básica de los conciertos -podrían aumentar sus plazas, pero las nuevas necesidades debían cubrirse con escuelas estatales-, se ha roto en Madrid y podrían seguir su ejemplo otras comunidades. Su temor, y el de otros muchos expertos, es que sea la enseñanza pública la que se convierta en subsidiaria, atendiendo a las clases desfavorecidas, de una concertada que atendería a las clases medias y altas. Su argumento es que la concertada no sólo separa a los alumnos por esa confesionalidad, sino por clases sociales.

A pesar de ser un servicio público y por lo tanto gratuito, la concertada cobra dinero por distintos conceptos, aportaciones voluntarias, a través de la asociación de padres, fundaciones... Unas aportaciones que no siempre son tan voluntarias y que, sumadas al carácter confesional de la mayoría de estos centros, se convierten en un muro infranqueable para las familias más desfavorecidas, cuyos hijos resultan ser los alumnos más difíciles de atender y sus notas, las que bajan la media en los centros públicos. Y hoy, los más pobres son los inmigrantes. Siempre hay ejemplos de concertados que acogen sin problemas a los alumnos más difíciles en zonas muy complicadas, pero en general, estos chicos estudian mayoritariamente en la escuela pública.
Aunque en realidad, la descompensación de alumnos inmigrantes entre pública y concertada es un problema concentrado en ciertas zonas, ya que fuera de las ciudades hay poca subvencionada y en los barrios ricos de las urbes la pública no tiene grandes dificultades. Tanto en comunidades como Andalucía, con mucha enseñanza pública, como Madrid, con bastante menos, donde hay concertada existe descompensación. En la ciudad de Madrid, más de la mitad de los estudiantes van a la concertada, pero sólo lo hace un tercio de los extranjeros; y la pública, que tiene un 34,5% del alumnado, atiende al 62% de los inmigrantes. Y en Almería, los centros concertados, un tercio del total, sólo atienden al 6% de los extranjeros, informa María José López Díaz.


De este modo, los pocos centros que se acercan peligrosamente o sobrepasan la línea del gueto transmiten esa imagen a toda la enseñanza pública, mejorando de paso la de la concertada que ve aumentar su demanda entre las clases medias. Manuel de Castro se defiende. "Hay mucha demagogia", dice, y recuerda que la mayoría de los chavales que han fracasado en el intento de conseguir el título básico de educación y quieren aprender un oficio en una escuela taller, lo hacen en centros católicos. Admite que quizá haya que distribuir mejor al alumnado más difícil, "pero también entre los centros públicos", y confía en los mecanismos de la nueva ley educativa (LOE) para hacerlo poco a poco: "Nosotros estamos dispuestos", asegura.

Tampoco conviene perder de vista otras ventajas objetivas que señala el estudio del colectivo Lorenzo Luzuriaga. Los centros subvencionados suelen ofrecer en el mismo edificio todos los niveles educativos, con unos horarios similares y con ampliación de horario por las tardes, por la mañana o cuando haga falta. La mayoría tiene servicio de comedor, actividades extraescolares, cosas que escasean en la pública.

Y ahora, quizá sea el momento de volver a plantear dos de las preguntas iniciales: ¿No tiene solución la batalla? ¿Es posible la convivencia pacífica entre las dos redes? El debate ideológico no ha avanzado mucho en los últimos 20 años, pero sí se vislumbran nuevas ideas. El problema de "la pública no es que le vayan los peores alumnos, sino la falta de motivación, de incentivos y de control de los profesores. El objetivo de las administraciones debería ser, ofrecer un buen servicio público, eficaz e igualitario, con base en ambas redes", asegura Fernández Enguita. "No se trata de que haya mucha escuela pública y de que los alumnos no tengan más remedio que acudir a ella, sino que sea una escuela de calidad, capaz de competir con los centros concertados de prestigio", dice el texto del Colectivo Lorenzo Luzuriaga.