viernes, 22 de agosto de 2008

Animales que lloran a sus muertos

Una gorila no se separa de su cría muerta

AGENCIAS - El País, Berlín / Madrid - 22/08/2008

La gorila Gana con su bebé muerto en el zoológico alemán de Münster- EFE
Una gorilla llamada Gana que vive en un zoológico de la ciudad alemana de Münster se niega a deshacerse del cuerpo de su cría, nacida en mayo pasado y que murió el pasado sábado por causas desconocidas.

Los expertos no pueden hacerle la autopsia precisamente por la resistencia de la madre a abandonar a su bebé, al que intentó reanimar con sacudidas y caricias.


La portavoz del Allwetter Zoo, Ilona Zuehlke, ha señalado que este comportamiento no es extraño en primates. "La madre está de luto y tiene que despedirse de su hijo", ha manifestado. Los gorilas suelen realizar ciertos ritos fúnebres y llorar por los miembros del clan cuando mueren.

El bebé se llamaba Claudio y era el segundo hijo de Gana. La gorila tuvo una hembra en el 2007, la que vive ahora en el zoológico de Stuttgart .

jueves, 21 de agosto de 2008

Discriminaciones y agrupaciones sociales

Caca, culo, pedo, pis

FÉLIX OVEJERO El País, 20/08/2008


En contra de una afamada sentencia filosófica, parece que se ha extendido la máxima "cuando no se tiene nada que decir, mejor no callarse". Una de las maneras de no callarse cuando no se tiene nada que decir, la estrategia del adjetivo, chisporrotea cada mañana en tertulias y editoriales: se empaqueta la opinión criticada bajo una etiqueta y se prescinde del trámite del argumento. "Superada" y "rancia" son algunos de los adjetivos más concurridos. Hasta las opiniones contrarias a la Monarquía y a la religión se han descalificado como "antiguas" o "rancias", sin molestarse en precisar el día y la prueba de la caducidad.

La estrategia del adjetivo confunde el etiquetaje con el diagnóstico


Menos trabajoso que cambiar el mundo es juguetear con las palabras

Así que, aviso al lector, lo que sigue es una antigualla que se ocupa precisamente de la estrategia del adjetivo. Una antigualla que intentaré arropar con otra antigualla: razones.
La tesis es sencilla: la estrategia del adjetivo confunde el etiquetaje con el diagnóstico e incapacita para entender los problemas. En particular, incapacita para abordar los llamados "conflictos culturales", un territorio en donde los calificativos se espolvorean con mayor prodigalidad, hasta el punto de escamotear que, en muchos casos, tales conflictos no son sino epifenómenos de problemas más hondos de desigualdad.


Hay otra implicación, más intranquilizadora, pero la dejo para más adelante.

Que en los asuntos "culturales" las cosas no son lo que parecen lo mostró un premio Nobel de Economía de los que más ingenio ha destilado. En un clásico trabajo, Thomas Schelling nos enseñó que la segregación racial tan frecuente en las ciudades norteamericanas no hay que atribuirla necesariamente al racismo. Se puede dar, y se dará, con individuos que pueden ser la mar de felices en un barrio mixto, incluso si forman parte de la minoría.

Para que se produzca basta con que los vecinos de uno u otro color quieran evitar quedarse solos -o con muy poquitos de los "suyos"- entre los otros. Cuando cada uno, por la razón que sea, busca evitar esa situación, las desigualdades económicas empiezan a imponer su ley y se acaba recalando en barrios cromáticamente homogéneos.

Con sus matices, la dinámica del proceso no es muy diferente de lo que hemos visto en nuestras ciudades, cuando la llegada de unos cuantos vecinos, acomodados o menesterosos, con sus demandas de servicios y sus dineros, muchos o pocos, acaban por expulsar a los que están en la otra punta del escalafón. El nuevo ecosistema resulta irrespirable económicamente para sus antiguos habitantes.

The Economist, en un número reciente, mostraba lo último de esa tendencia entre los de arriba: barrios por afinidadesideológicas, en realidad, islas de identidad, en donde el dinero oficia como pasaporte, como peaje que desbarata la universalidad del ideal de ciudadanía. Dentro, servicios propios accesibles sólo a los vecinos. Cada tribu, sus leyes. Eso sí, siempre que se lo puedan pagar. Los demás, a mogollón en la periferia.

No faltan los ejemplos de "discriminaciones" que no son lo que parecen: los negros que reciben menos órganos para trasplantes; la admisión de judíos en Yale; el acceso de las mujeres a los Departamentos universitarios. Con todo, explicaciones de los conflictos culturales como la de Schelling son infrecuentes. Lo usual es tirar por lo derecho, por el adjetivo: si hay segregación racial, somos racistas; si las mujeres no tienen acceso a las posiciones de poder, somos sexistas; si los trabajadores miran con recelo a los inmigrantes, son xenófobos. Y así.

Entiéndase. Racismo, sexismo y xenofobia no faltan. Lo confirman mil experimentos. Por ejemplo, enfrentados a una serie de palabras, agrupamos más rápidamente las que se refieren a comportamientos bien vistos con aquellas que aluden a los nuestros que cuando las palabras rozan a los otros. Vamos, que juntamos "blanco" y "honestidad" en un instante, mientras que tenemos que rumiarlo cuando se trata de meter en el mismo cajón "negro" y "honestidad".
Que la cosa es seria lo muestra que no importa si uno es negro o blanco, liberal o conservador. Es tan seria que, seguramente, tiene un sustrato biológico. Dicha la bestialidad a lo bestia: para nuestros antepasados ser racista pudo resultar ventajoso adaptativamente.


Pero que las disposiciones existan no quiere decir que den cuenta de todos los comportamientos que precipitadamente calificamos como racistas. Nadie explica el exceso de población del mundo porque nos divierta el sexo o el aumento de la criminalidad porque la agresividad forme parte de nuestro repertorio de reacciones básicas.

Lo importante son las circunstancias sociales, eso que antes se llamaba "el contexto". Al fin y al cabo, quienes participan en las alegres fiestas marbellíes, tan multiculturales, no tienen una urdimbre genética diferente de la de los trabajadores que miran con recelo a los inmigrantes en las colas de los servicios sanitarios. En lo que atañe a xenofobia o machismo, unos y otros son igualmente confiables. Tanto o tan poco.

La operación simplificadora deja intacto el mundo pero maltrata a sus pobladores. Si la culpa es del racismo, el sexismo y de la xenofobia, en algún eslabón de la cadena causal la culpa es de cada uno de nosotros, racistas, sexistas y xenófobos. Y si uno levanta la mano y dice que las cosas no son tan sencillas, que lo que se archiva en el negociado de racismo, sexismo o xenofobia quizá pertenece al tradicional departamento de igualdad, no tardará en ser acallado bajo la acusación de racista, sexista o xenófobo. De antiguo. Caca, culo, pedo, pis.

Pero, qué le vamos a hacer, las cosas son complicadas. Es verdad que cuando en una sala abarrotada se produce un incendio y cada uno intenta salir el primero, sin atender a los demás, el egoísmo algo tiene que ver con la previsible catástrofe. Pero el resultado no será mejor con individuos altruistas si cada uno, cortésmente, cede el paso a los demás y nadie acaba por salir. La ignorancia de que el problema está en las reglas del juego sociales o en las instituciones, desemboca con bastante naturalidad en acusaciones de mala fe. Si se cree que los problemas se solucionan cuando somos buenos, no cabe sino buscar traidores y desleales cuando vienen mal dadas. Al final de la estrategia del adjetivo siempre asoma la estrategia de la sospecha.

La implicación política menos grave de esta forma de pensar es la propia de los curas: hay que cambiar las mentalidades, educar a las gentes. Cuando todos seamos buenos, el mundo será una maravilla. Y si no, la culpa es nuestra. La naturaleza caída del cristianismo, que al fin se impone. Otras veces las cosas son más graves. No hay que olvidar que el socialismo más siniestro, el de los campos de reeducación, iba de la mano del "hombre nuevo".

Esa vereda, si tiene algún destino, es la paralización del pensamiento, sustituido por la pirotecnia de las palabras. Los conjuros siempre han entretenido mucho a la afición. Más fascinante y menos trabajoso que reordenar el poder o el dinero, que cambiar el mundo, es juguetear con las palabras, crear ministerios del humo, aunque se llamen ministerios de cambiar el mundo.
Félix Ovejero Lucas es profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Abuelos

Los abuelos vuelven a hacer de padres
Miles de jubilados acogen a sus nietos desamparados, pero no es facil criar a un bebé o educar a un adolescente - Los mayores pasan exámenes de capacidad: el parentesco no basta por sí solo


CARMEN MORÁN El País, 19/08/2008


Nacida de una madre drogadicta, la niña se convirtió nada más ver la luz en hija de sus abuelos, a punto de jubilarse. "La verdad es que al principio pensamos darla en adopción con algún matrimonio más joven, pero mi mujer entró en la habitación y la vio tan redondita que nos la quedamos", recuerda el abuelo.


Así, tan sencillo, Berta y Mario se convirtieron en padres de nuevo, ella con 51 años y él con 59. Mario ya pensaba en su jubilación anticipada, después de toda una vida trabajando como fontanero a sueldo de una constructora. "Y ya ve, llevamos 17 años sin vacaciones". Este matrimonio del sur de Madrid puede hablar con fiabilidad de los afectos y la ilusión renacidos cuando sobreviene algo así, pero también de los disgustos de criar a una nieta en la era de la videoconsola: carreras al logopeda, suspensos en el colegio; y la autoestima que se pierde si no hay apoyos sociales que echen una mano. "Se necesita ayuda económica, por supuesto, pero lo que más, gente preparada que esté pendiente, que te diga si lo estás haciendo bien, que te dé confianza en que puedes hacerlo".


Durante muchas décadas, en España los niños que quedaban desamparados llenaban las instituciones de acogida, enormes edificios donde convivían aquellos niños que habían nacido con mala suerte: padres drogadictos, encarcelados, que morían de tuberculosis o en un accidente de tráfico. Con la transición empezaron a cambiar las políticas sociales y surgieron centros de protección de menores más pequeños. Pisos tutelados, por ejemplo, que fueron casi la única alternativa hasta principios de este siglo. También había familias de acogida, entonces llamadas de guardia y custodia, que cuidaban al menor con la vista puesta en la adopción definitiva.
Los abuelos no solían entrar en este juego. "En los años sesenta se pensaba que los malos tratos eran algo que se transmitía, de tal forma que si el niño los había padecido con los padres, también los sufriría bajo el mando de los abuelos", explica Pere Amorós, catedrático de Pedagogía de Inadaptación Social en la Universidad de Barcelona.


A partir de los ochenta, los estudios empíricos anglosajones demostraron que el acogimiento en familia extensa, es decir, con tíos o abuelos, tenía sus ventajas si se usaban criterios adecuados. El sentido común basta para citar algunas de esas ventajas: el niño seguía formando parte de la familia con la que se crió, no tenía, por lo general, que separarse de su entorno social "y su sentimiento de pérdida era menos traumático", añade Amorós. Por otro lado, casi siempre los abuelos mostraban buena predisposición para hacerse cargo de esos nietos. Pero, aunque también es esperable, nadie se para en esos momentos amargos a pensar que la vida corre y el futuro puede deparar algunas sorpresas desagradables.

En cifras redondas, hay en la actualidad unos 14.600 menores en acogimiento familiar y entre el 60% y el 70% de ellos están con los abuelos, que no suelen disfrutar, mucho menos a la jubilación, de unos ingresos boyantes. Los programas de apoyo, tanto socioeducativos como económicos, se han ido extendiendo de forma desigual, como ocurre con casi todas las políticas sociales, en manos, desde su origen, de las comunidades autónomas. Pero aún en 2003 a los abuelos "en algunas comunidades no se les daba ni un céntimo cuando pasaban a hacerse cargo de sus nietos", afirma el profesor Jorge Fernández del Valle, que trabaja en la Universidad de Oviedo y dirige un grupo de investigación de familia e infancia. Fernández del Valle, junto con Mónica López, Carmen Montserrat y Amaia Bravo tienen los datos más recientes que hay sobre este asunto. Acaban de concluir un libro donde todos ellos están recogidos, titulado El acogimiento familiar en España. Una evaluación de resultados.

Los abuelos que se quedan con los niños suelen ser los maternos, casi el doble de las veces que los paternos. En muchos casos, los padres están en la cárcel o son drogadictos, o con problemas mentales, o el dramático cóctel de las tres cosas a la vez, nada infrecuente. En el momento de su acogida en familia, más de un tercio (38%) de los niños son menores de tres años. A medida que aumenta la edad de los menores desamparados disminuyen los acogimientos, porque "entran a trabajar o los abuelos son ya muy mayores para hacerse cargo de ellos". "Ésa es también la tragedia, porque ¿qué hace una pareja de 80 años con dos lebreles adolescentes?", reflexiona Fernández del Valle.

Pero eso a veces ocurre, porque los cumpleaños no pueden detenerse, ni los de los nietos, ni los de los abuelos, y de repente, un crío encantador y obediente deviene un chaval en la edad del pavo, contestón y desenfrenado, que, además, quiere una cazadora de marca, como la que llevan sus amigos. ¿De marca? ¿De qué marca? ¿Y eso cuánto vale?

La hija-nieta de Mario y Berta, afortunadamente, no es de esa cuerda, pero ya ha tenido problemas en el colegio, no sabe si quiere seguir estudiando, y cuando los abuelos tratan de educarla en casa, "ella se lo toma todo a broma".

Tampoco Carmen, que vio morir a su hija hace poco, tiene grandes problemas con su nieta. Ella es más joven y trabajó algún tiempo como docente, pero además ha contado, como Mario y Berta, con el apoyo de la Fundación Meniños, que trabaja con el Ayuntamiento de Madrid y pone a disposición de estas familias programas psicosociales, de asesoramiento y educación. Porque uno de los objetivos es que estos abuelos no se pierdan en el papeleo y sean capaces de encontrar y hacer uso de los recursos que hay en su barrio. Un 34% de los abuelos tienen a más de un nieto en acogida y en un 35% de los casos son abuelas solas las que afrontan esa maternidad imprevista.

Carmen es viuda y su situación económica es razonable, pero sabe lo que es el "sacrificio". "He empalmado dos generaciones; mi nieta es igual que una hija, sólo que te la han dado hecha. La educación de un hijo siempre es difícil y a mí la experiencia de madre me sirvió para aprender. Yo siempre he pretendido que sepa que soy su abuela y que su madre era su madre, pero la he educado como a una hija, con obligaciones, responsabilidades y toques de atención. Aunque ahora baso todo más en el diálogo, con mis hijos era más mandona", se ríe. La chica, de 15 años, sabe que la abuela es su madre y su padre, es la que va a las reuniones en el colegio, la que la lleva de vacaciones, le compra lo necesario y la reconviene cuando hace falta. Con otros nietos, Carmen se porta de otra manera. "Ahí ya vas de abuela, pero ella entiende que a los otros los veo mucho menos. Ellos se llevan un ratito y ella tiene mi vida entera".

La nueva tendencia en las políticas sociales, de todas formas, no es primar la acogida por parte de los abuelos, sin más. "No. Se trata de hacerlo bien, de mirar caso por caso y ver si, efectivamente, esos abuelos están en condiciones de educar y criar al nieto. Los mayores ahora suelen pasar los mismos reconocimientos, exámenes y entrevistas, que se les hace a las familias ajenas que quieren acoger a un menor", dice Pere Amorós. Las inspecciones, con Carmen, se prolongaron todo un año. La comunidad autónoma, en este caso la de Madrid, es la que tiene las competencias de estas políticas y la encargada, por tanto, de que todo vaya correctamente. Pero se suele delegar en los servicios municipales para hacer un seguimiento más cercano de cada acogida. La Fundación Meniños, a través de su programa-contrato se encarga de ello. A veces dan un respiro a los abuelos con cursos de apoyo escolar para los nietos. Porque los hijos descansan dejando a los niños al cuidado de los abuelos, pero ¿a quién se los dejan los abuelos cuando quieren hacer un paréntesis?

Mario y Berta, con pensiones que no suman 800 euros y algunas otras ayudas pequeñas, necesitarían más apoyos y eso que Madrid, según dicen los expertos, es de las comunidades que mejor tiene articulado este sistema de acogimientos.

A veces a Mario se le agotan los nervios y le dice a su nieta que con quien debería estar es con su madre, pero, afortunadamente, la chica, que guarda una buena relación con su madre, "se lo toma todo a chunga". La dejan salir hasta las doce cuando toca, le dan su paguita semanal y le ingresan en una cuenta una ayuda que pudieron obtener de la Seguridad Social por el padre que murió.

Un 15% de los niños en acogida familiar son huérfanos. Pero hasta que eso ocurre, a veces después de un camino dramático y agotador por la cuesta de las drogas y el sida, los abuelos son los que se han hecho cargo de esos niños durante años. Por tanto, lo normal es que sigan haciéndolo cuando ya no hay más remedio. Ésa es la razón de que se haya convertido en el tipo de acogimiento más utilizado. Cuando los padres viven, pero no pueden criar a sus hijos, la mayoría de ellos está de acuerdo con que lo hagan los abuelos, según demuestra un estudio de la Universidad de Málaga en el que ha participado la doctora Isabel Bernedo. Y los resultados de esa investigación confirman "la escasez de apoyos que reciben los abuelos acogedores, que reclaman, en primer lugar, ayudas económicas y, después, información general sobre el acogimiento".

Pero, como suele ocurrir con los abuelos, a pesar de las carencias y los sacrificios, muestran la satisfacción de asumir ese papel de padres, por el afecto que reciben y porque se sienten útiles para sus hijos y para sus hijos-nietos.

La asignatura pendiente, en opinión de Amorós, la constituyen los programas de prevención para restaurar lo que se rompió un día, para preservar y recomponer la familia antigua cuando hay posibilidad de ello. Un buen acogimiento, dice este experto, debe trabajar teniendo en cuenta que un día los padres puedan ya hacerse cargo de nuevo de sus hijos. "Estadísticamente, la reunificación a partir de un acogimiento con abuelos es menor". "Parece una paradoja, pero no lo es. Los padres de los niños que viven con sus abuelos no sienten esa necesidad tan acuciante, porque los ven recogidos en casa. Nadie se los ha quitado, piensan. Sin embargo, cuando están con familias ajenas, tienen un mayor estímulo para recuperarlos", explica Amorós.

Después de todo, los abuelos también se encariñan con esa suerte de crianza. Sienten que la vida, que les falló con sus hijos, les da ahora una nueva oportunidad para ponerse a bien con sus sentimientos.

A los menores les gusta su compañía

Una encuesta telefónica de la ONG Mensajeros por la Paz ha preguntado a un millar de niños de edades entre 6 y 17 años, sobre la relación con sus abuelos. Estas son las principales conclusiones del estudio.

- Al 74,25%l es gustaría convivir, aunque sólo fuera por algún tiempo, con sus abuelos, sobre todo a edades más tempranas.

- Aprenden más cosas y con ellos se lo pasan mejor. Y así no están solos, dicen.

- Los maternos comparten más su tiempo con los nietos que los abuelos paternos. Las niñas tienen más relación con sus abuelas y los chicos, con sus abuelos.

- Todos los días ven a sus abuelos un tercio de los menores. Un 21% les ve entre dos y tres días a la semana. Un 36%, durante las vacaciones escolares.

- Entre los aspectos negativos, destacan los castigos y las regañinas; cuando son más mayores, no les gusta que les controlen excesivamente.

- Los nietos ayudan en las tareas domésticas (un 18%). Un 26% les echa mano para usar las nuevas tecnologías (telefonía, aparatos electrónicos, Internet...) y un 12% en el aprendizaje de idiomas.

Censura de prensa en China

Más Prozac, Panoramix

El Mundo, David Jiménez, 18 de agosto.- No hay mejor forma de empezar el día en China que leyendo la prensa, sobre todo si se está bajo de moral. Las fotografías presentan estupendas imágenes de esa rareza que es un cielo azul en Pekín, un tal Wu Jiao informa sobre lo mucho que los más desfavorecidos están disfrutando los Juegos y en otra noticia leo que China adquiere el compromiso de seguir respetando la libertad de prensa "como hasta ahora". Qué raro, no veo a los periodistas celebrando el anuncio con licor de arroz y lanzamiento de petardos.


Casi tengo la tentación de pasar el resto del día encerrado en el hotel, no vaya a descubrir un mundo no tan feliz en el que el cielo está cubierto de polución, las redadas del Gobierno expulsan a los desfavorecidos y las patrullas de la policía garantizan la libertad de prensa a garrotazos. Tengo la sospecha de que hasta el horóscopo está censurado en China, porque ayer el 'China Daily' auguraba un día lleno de creatividad a los capricornio y ahí estaba yo, con la mente en blanco y sin conseguir arrancar la columna.

Alguien que siga los periódicos chinos pensará que los líderes de este país se han caído en una marmita llena de una nueva pócima de Panoramix, haciéndose con el secreto de la infalibilidad y quedando exentos de los defectos del resto de los mortales. El infalible entre los infalibles es el presidente Hu Jintao, que el otro día cometió el error de exponerse ante los menos dóciles reporteros extranjeros en una rueda de prensa.

Las preguntas, por supuesto, estaban apalabradas de antemano y cuando Georg Blume, del diario alemán 'Die Zeit', trató de saltarse la pantomima y preguntar sobre los Derechos Humanos, Hu lo ignoró como si tuviera la peste. Lo que no se ajusta a nuestra realidad no existe. No lo cuento para sumarme a las hordas de periodistas extranjeros que dicen sentir sus derechos básicos usurpados por el régimen comunista, entre los que seguro hay un buen puñado que dedica su tiempo a merodear por Tiananmen y hacer burlas a la policía para ver si logra la fama instantánea de una deportación. Con un ojo morado, hasta escriben un libro sobre su experiencia en el gulag.

Porque de lo que se trata aquí no es de calibrar los límites que padecen los 21.000 periodistas que el próximo domingo estarán volviendo a casa y que han escrito lo que les ha dado la gana, salvo incidentes aislados. Tampoco hablamos de los corresponsales extranjeros que trabajan en Pekín, un empleo que a pesar de requerir buenas dosis de paciencia ya no te cuesta un resfriado, como cuando el régimen apagaba en invierno la calefacción a los periodistas molestos.

Lo realmente importante es qué ocurre con los periodistas locales que arriesgan la cárcel si no se pliegan a la censura y deciden hacer su trabajo. Reporteros que como Gao Qinrong llevan años en un campo de trabajos forzados por estropear el mundo feliz de los líderes chinos, en su caso denunciando la corrupción de varios funcionarios comunistas en un proyecto de regadío en la provincia de Shanxi.

"Como periodista tengo que cumplir con mi deber e informar de los abusos que se están cometiendo contra el pueblo", decía el reportero de la agencia oficial 'Xinhua' mientras se lo llevaban esposado, hace ya tres largos años. Su frase hacía referencia a la petición del Gobierno, unos meses antes, para que los reporteros denunciaran los casos de corrupción en el Partido. Ups, no hablábamos en serio.

La dictadura china utiliza los periódicos como el prozac, administrando la dosis de propaganda necesaria a la nación según el estado de ánimo general y las necesidades para mantener la ilusión de que nada puede ir mal mientras sus líderes estén al frente, defendiendo la aldea de los romanos gracias a la pócima de Panoramix. Pero he aquí que incluso el Gobierno se ha dado cuenta de que el sistema ha empezado a agrietarse.

Seis décadas de manipulación en la prensa y la aparición de Internet han enseñado a un buen número de chinos a recibir la información que reciben con el escepticismo con el que se lee el horóscopo, incluso cuando no está censurado.

domingo, 17 de agosto de 2008

Así nos ven los extranjeros

España, ese tópico
Las guías turísticas extranjeras siguen describiendo el país con lugares comunes
TEREIXA CONSTENLA - Madrid - El País, 17/08/2008

Es el lugar donde se leen menos periódicos de Europa. Donde el periódico más leído sólo da noticias deportivas. Donde el jamón se considera parte de la dieta vegetariana. Donde no todo es sol pero el sol lo condiciona todo. Donde se desayuna copa de licor con el café. Donde el chocolate es dulce y espeso. Donde el vello corporal en axilas y piernas es tabú para las mujeres. Donde todo, o casi todo, se para a cierta hora del día. Donde antes de cenar se procesiona de bar en bar para comer pequeñas raciones. Donde el servicio ferroviario es limpio y eficiente. Donde los conductores urbanos tienen a los peatones en un puño en cada cruce. Donde el robo con estrangulamiento es la modalidad de atraco más frecuente. Donde la vida comienza cuando en el resto de Europa las luces se apagan. Donde por cinco euros sirven una botella de vino en un restaurante. Donde sacan a pasear a Dios con cualquier pretexto. Donde es Europa sin que se sientan europeos. Donde los baños están limpios pero sin papel. Donde hay que tener cuidado con los simpáticos que quieren cháchara. Donde se critica a todo el mundo menos al Rey. Donde el hambre ha marcado su historia. Donde no hay verdadera cocina nacional. ¿Dónde no hay cocina? ¿Dónde? En España, claro.

Todo lo anterior es España, según los autores de guías turísticas escritas en Francia, Italia, Alemania, Reino Unido, Japón y Rusia. Mientras que los españoles llevan siglos guerreando por la idea de España -la cosa ha mejorado y últimamente sólo se discute-, los extranjeros lo tienen claro. Acierten o no, éste es un lugar con señas propias que se repiten en cada guía: siesta, vitalidad y marcha. No se depriman por la simpleza, por favor. En general, los extranjeros tienen mejor opinión de España que los españoles. Y ellos son muchos más: 59 millones de turistas nos visitaron en 2007. España sigue gustando -es el segundo destino más visitado en el mundo después de Francia- a pesar de que algunos mitos se encuentran en franco declive (¿cuántos españoles se echan la siesta cuando no están de vacaciones?). Pues eso, topicazo. Pero vayamos por partes.


- Tiempo 'is not time'. Una cosa es el tiempo real; otra, el tiempo español. Basta leer a los británicos, que son los turistas más fieles (16 millones al año): "En teoría, España va una hora por delante de Reino Unido, pero conceptualmente debe de estar en otro planeta". Y siguen en otro párrafo: "En España, el sentido del tiempo es algo elástico: excepto si se trata de una cita de negocios, no se ofenda si tiene que esperar entre 10 y 20 minutos".

- Omnipresente siesta. La seña de identidad por antonomasia, haya o no haya. Todas las guías se recrean en ella. Los italianos dicen que merece la pena "seguir la costumbre española de la siesta a la hora de comer". Está claro que los autores de guías eligen los mismos lugares. "Las tiendas están todas cerradas y en las horas más calientes del día se para todo, o casi" (Touring club italiano). "Es frecuente que tiendas y pueblos paren durante la comida y la siesta" (The rough guide).

- Hedonismo y humo. Todos fuman: los que fuman y los que no. A los extranjeros les sorprende aún los pocos espacios libres de humo que encuentran durante su estancia. Y también el entusiasmo vital, aunque los italianos consideren que nuestra europeización esté haciendo estragos: "El pueblo español despreocupado y fiestero del imaginario popular es una especie en vías de extinción". Vayas donde vayas, discrepa la guía alemana (Baedeker), "no puedes dejar de darte cuenta del contagioso entusiasmo por la vida de los españoles".

- Crisantemos, mejor no. Los alemanes consideran que la cortesía es "importantísima", aunque "en ocasiones los españoles entienden por cortesía algo distinto a nosotros". Dicen que no sabemos decir que no. "Si te invitan a casa de alguien a cenar", dicen The rough guide, "debes llevar un pequeño regalo para los niños, además de chocolate, vino o flores". Ojo. Avisan de que se excluyan los crisantemos y ornamentos propios de funerales.

- Tópicos autonómicos. Los franceses nos tienen muy estudiados. Tanto, que hay numerosas guías regionalizadas. En el texto editado por Gallimard en su Bibliotheque du voyageur tienen claro qué se encontrará en cada autonomía: "Los andaluces son, de lejos, el pueblo de España más exuberante"; "los gallegos son todo lo contrario"; "los vascos son trabajadores y les gusta vivir bien", y, añaden los rusos de la editorial Vokrug Sveta, "extremadamente religiosos". Según la visión francesa, "los catalanes comparten con los vascos el ardiente deseo de romper con los vínculos que les atan al resto del país". ¿Y qué dicen de los castellanos? Pues que "consideran que el país les pertenece por derecho divino". Touché.

- Señas de identidad. ¿Qué vertebra a España? Para los franceses, el tapeo: "El ritmo de la vida está marcado por la necesidad de encontrarse, al atardecer, todas las generaciones confundidas, en los paseos y bares de tapas. Eso confiere unidad al país". Dice la citada guía francesa, escrita por británicos, que, como ocurre en el Reino Unido, "los españoles tienden a menudo a considerar Europa como un territorio al que no pertenecen". Otra variable común que destacan los italianos es la crítica: "En un país donde generalmente no se ahorran críticas a los hombres de poder, es raro escuchar hablar mal del Rey". Al que siempre tienen los españoles en boca es a Dios, según los franceses. "La parte concedida a Dios en la vida cotidiana es testimonio de esas reminiscencias morunas fuertemente enraizadas en el comportamiento español, algo evidente en la costumbre de santiguarse o de evocar a Dios por cualquier pretexto".

- Ser español en una semana. Los alemanes sugieren un método "sencillo y agradable" para participar en el estilo de vida local: "Vaya a las cinco a una plaza. Al principio se encontrará solo, porque la siesta está acabando, pero poco a poco la gente irá llegando a la plaza. Es el momento de la movida, de indolentes paseos hasta altas horas de la noche. Únase sencillamente, vaya de bar en bar, tomándose aquí un jerez, allí un vinito tinto o una sidra, pero pruebe las maravillosas tapas y olvídese de la cena planeada y del programa de visitas del día siguiente. Le felicitamos. Si lo consigue habrá secundado una parte pequeña, pero de ninguna manera irrelevante, del estilo de vida español".

- Ni velludas ni desastrados. Los italianos aconsejan vestir de "manera decorosa" y mostrar "respeto" cuando se visitan catedrales e iglesias, "en particular en las zonas más lejanas, donde la gente del lugar, sobre todo los ancianos, son muy tradicionalistas y poco tolerantes". Los alemanes consideran que se atribuye muchísima importancia al buen aspecto: "Por eso, sean hombres o mujeres, salen de casa como un pincel incluso en los días más calurosos". Y lo más chocante para los germanos: "El vello corporal de cualquier tipo, en axilas o piernas, es un absoluto tabú para las mujeres".

- Cuidado con los simpáticos. La guía japonesa (Diamond) es la que más se extiende en este apartado. Alerta principalmente sobre los robos en Madrid y da una clasificación de delitos más frecuentes: el primero es el "robo con estrangulamiento"; le siguen el tirón del bolso y "los que cometen ladrones camuflados de policías". Recomienda cautela con quienes se acercan y "se expresan de manera simpática" y "con los grupos de dos o tres personas, que intentan acosar, a veces con la excusa de vender flores". La guía británica clasifica a las fuerzas de seguridad. La Guardia Civil es la más celosa y "la que se debe evitar". "Si tiene que informar de un delito serio como una violación, vaya siempre a la más comprensiva policía local". Y avisa de que no se espere mucha preocupación si se denuncia el robo de un artículo pequeño.

- Vino tirado, cocina fantasma. ¿Cuántas veces ha pagado cinco euros por una botella de vino en un restaurante? Los autores de The rough guide omiten los lugares secretos donde han pimplado tan barato. Como depende de con quién se nos compare, los británicos creen que somos unos bebedores moderados y recomiendan igual continencia a sus compatriotas: "Beber demasiado no es frecuente, a pesar de que parece haber un bar en cada esquina,
es más para tomar café y socializar que para una monumental cogorza". Es una opinión. Y atención a la siguiente: ¿quién pone en duda que España, donde trabaja Ferran Adrià, considerado mejor cocinero del mundo según The New York Times, tenga una cocina verdadera (en lo de nacional es mejor no meterse)? Los italianos: "Además de paella, tortilla y gazpacho, el país no posee una verdadera cocina nacional, pero cada región tiene sus propios platos y tradiciones culinarias locales".


- ¿Qué llevarse de 'Spain'? Ahí va la extravagante lista propuesta por los japoneses: aceite de oliva, aceitunas, vinagre de jerez, tinta de calamar, salsa alioli, corazones de alcachofa en vinagre, figuras de Lladró... y chupa-chups.

Con información de Gloria Torrijos (Tokio), Rodrigo Fernández (Moscú), Laura Lucchini (Milán), Octavi Martí (París), Bertran Cazorla y Alberto Barbieri (Barcelona), y Juan Diego Quesada (Málaga).

Francisco García Escalero, asesino en serie

El hijo del cementerio

Francisco García Escalero, un mendigo esquizofrénico y obsesionado con la muerte, se confesó autor de más de una docena de asesinatos a mediados de los noventa

JERÓNIMO ANDREU El País, 16/08/2008

La mañana del 22 de diciembre de 1993, el abogado Ramón Carrero entró en la enfermería de la cárcel de Carabanchel. Le esperaban un psiquiatra, dos inspectores del Grupo de Homicidios y un transcriptor. Junto a ellos, un vagabundo: su cliente. Un hombre en pijama, con un mar de tatuajes anudado a los brazos y barba rala. Carrero había recibido una llamada del Colegio de Abogados la noche anterior, en su turno de oficio. Sabía que tenía un caso que defender, pero no se imaginaba que su hombre era uno de los mayores asesinos en serie de la historia de España.

Hierático, indolente, el vagabundo miraba fijamente pese al estrabismo de su ojo derecho. Se llamaba Francisco García Escalero y tenía 39 años. Un hombre al que, en el juicio que vendría, los psiquiatras iban a definir como "paradigma de la locura". La policía quería demostrar que había matado a Víctor Luis Criado, de 34 años, un compañero del hospital Psiquiátrico Provincial. Su cuerpo había aparecido calcinado junto al cementerio de la Almudena. La policía detuvo a Francisco, que había abandonado el centro con Víctor el 19 de septiembre para regresar a las pocas horas solo. Nadie se imaginaba la cadena de horrores que iba a desvelar la confesión de aquel crimen.


Únicamente hablaba cuando le preguntaban. Sin inmutarse, García Escalero confesó que había machacado el cráneo de Víctor. A un policía se le ocurrió preguntar por otro crimen, y él respondió. Siguió haciéndolo durante cuatro horas, describiendo con su voz cavernosa escenas cada vez más escalofriantes. A veces sonreía tímidamente. Ante la perplejidad de la policía, se atribuyó 11 crímenes entre agosto de 1986 y septiembre de 1993. En días posteriores reconoció cuatro homicidios más que no pudieron ser probados. Todas las víctimas eran limosneros cuya desaparición estaba enterrada en el cajón de casos sin resolver.

Mataba siguiendo un patrón. Con el dinero que mendigaba junto a las víctimas compraba alcohol. Bebía, perdía el control y las apuñalaba o lapidaba. Luego quemaba los cadáveres con colchones viejos y cartones. En ocasiones les rebanaba los pulpejos de los dedos para dificultar su identificación. Tres de los muertos aparecieron en un pozo de la Cuesta del Sagrado Corazón. Escalero los arrastraba hasta allí y los dejaba desplomarse en un vacío tan profundo que tenía que esperar varios segundos antes de oírlos tocar fondo.

Para la prensa, Escalero se convirtió en el "Mendigo Psicópata" o el "Matamendigos". Su cuadro clínico era espeluznante: esquizofrenia alcohólica, manía depresiva, necrofilia... Todo agudizado por una vida de vagabundeo y drogas. El psiquiatra forense Juan José Carrasco, uno de los responsables del informe pericial que se utilizó en el juicio, recuerda cómo el mendigo le explicó que la sinrazón criminal la podía desatar una discusión por un cartón de vino o un puesto en la puerta de la iglesia. "Eran luchas de supervivencia, de una brutalidad primitiva". Actuaba siempre narcotizado: cinco litros de vino diarios más un puñado de medicamentos psicotrópicos despertaban la voz que le controlaba desde su cabeza. La "fuerza interior" se apoderaba entonces de él, embriagadora, irresistible. Envestido de una energía descomunal, abría como piñones las cabezas de sus víctimas. En seis años dejó tras de sí un reguero de decapitados y mutilados, troncos huecos, sin entrañas ni corazón.

En parte de los ataques le acompañó su cómplice, Ángel Serrano, El Rubio. Fueron siete años de asociación criminal, pero Escalero no era un sentimental: acabó convirtiendo en papilla la cabeza de El Rubio la noche del 29 de julio de 1993.

La sexualidad atormentada del Matamendigos está detrás de muchas de sus agresiones. Era demasiado tímido y sólo lograba saciar sus apetitos con el cuerpo de los muertos, que le fascinaban. La policía lo había devuelto varias veces al Psiquiátrico Provincial tras descubrirlo profanando tumbas. En una ocasión lo encontraron frente a tres cuerpos desenterrados. Los había colocado contra un muro y se masturbaba frente a ellos; cuando le interrogaron aseguró que no había llegado más lejos porque la fetidez de la carne en descomposición era insoportable.
Sólo una persona sobrevivió a sus ataques: Ernesta de la Oca, una limosnera a la que Escalero y El Rubio acorralaron en un 7Eleven de la avenida de América, la arrastraron a la calle ante la mirada indiferente del guardia de seguridad y violaron en un descampado. La golpearon hasta que creyeron que estaba muerta. La mujer compareció en el juicio con el rostro cosido a navajazos y pedradas. "No me dejaban. Me tocaban como en un juego de imaginación. Les movía como una potencia". "Si quieres matarla, mátala", recuerda Ernesta que le dijo Escalero a El Rubio con displicencia mientras fumaba un cigarrillo y contemplaba la tortura. Después de declarar, Ernesta volvió a desvanecerse en su oscura noche de cartones de vino barato.
La casa de Escalero, un antiguo chamizo que hoy corresponde al número 36 de la calle de Marcelino Roa Vázquez, está a unos 200 metros del cementerio de la Almudena. Su madre, Gregoria, murió el año pasado. Los vecinos recuerdan a la familia como un grupo extraño. El único miembro que sigue vivo, el hermano de Francisco, pasa una vez al mes por la zapatería de la calle para pagar la comunidad. Los problemas entre Francisco y los vecinos eran constantes. Creía que le perseguían, que le espiaban miles de orejas pegadas a su puerta. En un rapto de locura tiró a una vecina por las escaleras.


Fue un paso más en un camino hacia el vacío que arrancaba de las lápidas entre las que Escalero consumió su infancia. Nació en 1954 en Madrid. Su padre, un albañil curtido en la miseria del campo de Zamora, le golpeaba con frecuencia. No entendía el culto a la muerte de su hijo, sus paseos de madrugada por el camposanto, los cortes que se infligía o su afición a arrojarse ante los coches. A los 14 años comenzó a desaparecer intermitentemente. Merodeaba con un cuchillo por casas abandonadas, espiando a parejas y masturbándose. Siempre volvía al cementerio. Allí, en 1973, participó en la violación de una mujer. En castigo pasó 11 años en prisión, durante los que no se le detectó ningún síntoma de locura. Quizá porque no se metía en problemas; prefería encerrarse a jugar con sus mejores amigos, "los pájaros muertos que guardaba en la celda", recuerda el doctor Carrasco que le reveló un día.

Cuando recobró la libertad se encontró en un mundo hostil. Apenas sabía leer, no trabajaba. Empezó a mendigar por las avenidas de Madrid, narcotizado hasta que la "fuerza interior" le poseía y le insuflaba una vida de una intensidad demoniaca.

En una sofocante tarde de verano, el forense Juan José Carrasco pelea contra el aire acondicionado de su consulta. "El problema de Escalero es que no estaba ingresado ni recibía tratamiento", explica. "Permanecía en el espacio de la marginación. Falló él, pero también el resto de la sociedad. La red sociosanitaria no supo prever ni evitar las consecuencias de su locura". Después de cada crimen, el asesino regresaba al Psiquiátrico Provincial y forzaba su ingreso entre hipidos: "He matado a alguien". Nadie le tomó en serio.

A lo largo del juicio, en la Sección Primera de la Audiencia Nacional, Escalero mejoró físicamente. Acudía con la calva repeinada y las mejillas arreboladas. Permanecía siempre cabizbajo, escuchando. La tranquilidad con que subió al estrado el día de su declaración cortó la respiración de la sala.

-¿Recuerda usted a Julio Santiesteban, al que mató en un descampado de Hortaleza?

-Por el nombre no lo recuerdo bien.

-¿Recuerda que le acuchilló y que después le cortó el pene y se lo introdujo en la boca?

-No recuerdo. Estaba bajo el efecto del alcohol y de las pastillas. No sabía lo que hacía.

A su lado se sentaba su nuevo abogado. Atraído por la sangre y la luz de los flashes, se había incorporado al espectáculo un letrado con vocación de tiburón: Emilio Rodríguez Menéndez, poco ortodoxo conductor de casos como el de La dulce Neus o El Dioni. Ramón Carrero, el viejo abogado de oficio, aún no ha olvidado el día en que descubrió que la defensa de García Escalero ya no dependía de él. "Antes de que las diligencias llegaran al juzgado, Rodríguez Menéndez se cruzó y se llevó el caso de mi vida", explica con su voz rota por el tabaco. Se detiene y da una calada al pitillo apoyado en la puerta de la Consejería de Asuntos Sociales de la Comunidad de Madrid, donde trabaja como consultor. "Es una de esas experiencias que te agrían el carácter", sonríe y se echa el pelo hacia atrás con un golpe de mano.

"La defensa no tenía ninguna dificultad: el informe pericial era avasallador", explica el forense Carrasco. Reconocida la autoría y la inimputabilidad de Escalero por enfermedad mental, el juicio se centró en determinar si le confinarían a un hospital penitenciario o a una residencia civil, como solicitaba Rodríguez Menéndez. El abogado no consiguió seducir al tribunal, pese a su intento de presentar a su cliente como un niño grande un poco bruto. "Le voy a decir al juez que voy a ser bueno y que nunca más beberé vino, para no hacer cosas tan malas como las que he hecho. Y que tomaré la medicación que el médico me diga", solía musitarle Escalero al abogado, según contó éste a los periodistas.

El tribunal entendió que Escalero, autor de 11 asesinatos, una agresión sexual y un rapto, era un hombre peligroso cuyo "riesgo de fuga sería incuestionable" en un centro abierto. Después, Rodríguez Menéndez perdió varios juicios más; el último, el suyo: en 2005 fue condenado a seis años por un delito contra la Hacienda pública, y a dos más por difundir un vídeo erótico de un famoso periodista.

Escalero terminó en el psiquiátrico penitenciario de Fontcalent (Alicante). Instituciones Penitenciarias no permite hablar con él. Sólo el tribunal tiene noticias suyas: cada seis meses recibe un informe sobre su evolución. Carrasco tuerce el gesto. Sabe que sus posibilidades de rehabilitación son remotas. No podrá permanecer en Fontcalent más de los 30 años equivalentes a la pena máxima. Después pasará a otro centro, más tarde, a otro.

"Los albergues están llenos de personas como él", afirma el psiquiatra. "Antes estaban en los manicomios, que se cerraron por caros e impopulares. Los dementes han pasado a la mendicidad, muchos recalan en la cárcel, sin tratamiento". Un problema que merece atención, aunque no todos sigan el itinerario del limosnero de Madrid. Su caso es especial. El psiquiatra recuerda la última vez que se vieron, cuando preparaba su informe. Escalero le miró con su ojo estrábico: "Las voces siguen... Se ríen de mí... Me dicen que quieren sangre".

viernes, 15 de agosto de 2008

La iglesia y el laicismo

Versión laica del 'non possumus'

GREGORIO PECES-BARBA El País, 15/08/2008

Con la solemne afirmación del rechazo total formulada en latín non possumus, (no podemos), la Iglesia católica ha expresado en muchas ocasiones su distancia y su rechazo de situaciones civiles radicalmente innegociables. Es el no de Clemente VII a Enrique VIII para divorciarse de Catalina de Aragón, el de Pío IX que se opuso a devolver a un niño judío a su familia en el terrible caso Mortara, o todos los non possumus del siglo XIX frente a la modernidad.

No podemos aceptar la tesis de la esencia católica de la identidad nacional
No podemos aceptar la postura de la Iglesia respecto a la democracia


Esta tajante negativa ante situaciones sociales y humanas supone desde el punto de vista de la Iglesia la existencia de unos espacios exentos, de unas zonas inmunes, de unos cotos vedados reservados a su decisión, donde el poder soberano no puede entrar ni resolver. Para la Iglesia es el límite de la democracia que choca con su ética de la verdad. Es también intelectualmente el límite para el siglo de las luces y de su idea del hombre centro del mundo y centrado en el mundo.

La Iglesia reclama un derecho de veto frente al contrato social, a los acuerdos de las mayorías, y la idea de soberanía popular. Son los signos más evidentes del carácter antimoderno de la Iglesia católica que quisiera para sí lo que está institucionalizado en países como Irán, donde un poder religioso está por encima del poder de un presidente de la República elegido por sufragio. ¡Quién iba a decir a la Iglesia de Lepanto que envidiaría con el paso del tiempo a las estructuras jurídicas de sus enemigos ancestrales!

No sólo el Vaticano ni el Papa, también la Iglesia institucional española ha repetido en innumerables ocasiones que es depositaria de verdades que están por encima de las coyunturales mayorías y de la soberanía popular. También algún arzobispo ha recordado no hace mucho a un congreso de laicos que no son de este mundo, resucitando la vieja idea de san Agustín de las dos ciudades, la de los justos y la de los pecadores.

Desde esas coordenadas intelectuales antimodernas que desconfían del impulso social y político desde la idea un hombre un voto, se puede afirmar la difícil coexistencia y la más difícil lealtad de la Iglesia con la democracia, que no actúa desde la ética de la verdad sino desde la difícil ética que se mueve entre la dialéctica de dudar y decidir.

Por eso está justificado desde el lado de la democracia, en la cultura jurídica y política moderna, poner límites a la soberbia pretensión de la Iglesia de tener la última palabra en el ámbito público y señalar las incompatibilidades radicales de su visión premoderna del mundo y de la vida, desde un non possumus laico y secularizado frente a los abusos eclesiásticos. También frente a esa laicidad "descafeinada" que pretende la convivencia del pluralismo y de la neutralidad del Estado con privilegios y con una situación de diferencia con las demás religiones, en base a una "realidad social" mayoritaria, de su función nacional y de su influencia sobre la cohesión de España.
El principio de la Paz de Augsburgo -cuis regio euis relegius- como forma transitoria para que el poder político, en cada caso, decida sobre la religión de su pueblo, hasta la proclamación de la paz religiosa y de la tolerancia del Tratado de Westfalia se transformaría hoy para estos eclesiásticos resistentes en cuius religio ius et regio.


Frente a toda esa cultura institucional católica que niega la modernidad, es necesario ese non possumus, para señalar lo que desde la cultura democrática no se puede aceptar de las posturas de la Iglesia.

Son todos aquellos comportamientos que llevan a la conclusión de la incompatibilidad de la Iglesia con la democracia, pese a la solemne declaración de la Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, hoy abandonada en la práctica.

No podemos olvidar las bases de nuestra convivencia, la tolerancia, la libertad, la igualdad, el respeto a la conciencia individual, el pacto social, el constitucionalismo, la separación de poderes o los derechos humanos rechazados reiteradamente por la doctrina de la Iglesia en el siglo XIX y también después, casi hasta nuestros días. La Iglesia católica se siente incómoda en un escenario que contempla desde su verdad y desde una idea del bien incompatible con cualquier punto de vista que no lo acepte.

Ante ese panorama no podemos asumir la idea de que la Iglesia es el puntal ético para fundamentar a "estas sociedades desmoralizadas y desorientadas", ni que es poseedora de un patrimonio de verdades últimas sobre el ser humano que condicionan la democracia.
No podemos tampoco aceptar el rechazo de la laicidad que es la esencia de la democracia moderna, con igual trato a todos los ciudadanos. No podemos facilitar la presencia de símbolos religiosos que discriminen a las demás religiones, ni tampoco equiparar a las autoridades eclesiásticas con las civiles ni podemos escenificar alianzas excluyentes y discriminatorias en la necesaria cooperación con las iglesias, ni basar el orden público en la moralidad de una sola religión ni aceptar un vínculo sustancial previo de una concepción del bien que limite la soberanía del Estado.


Tampoco podemos aceptar que problemas éticos sean decididos por la Iglesia, sin perjuicio de regular en su caso la objeción de conciencia y siempre respetando su libertad de expresión, en temas como el matrimonio, las relaciones familiares, la investigación científica, sobre la forma de acabar las vidas indignas y de imposible recuperación.

No podemos aceptar límites a la libertad y al pluralismo desde una verdad que se esgrime dogmáticamente, ni acusaciones de relativismo a una realidad que tiene sólidas raíces históricas desde la recuperación de la luz por los seres humanos en la Ilustración, fuente última de la autodeterminación individual y de la democracia.

No podemos aceptar la tesis de la esencia católica de la identidad nacional ni confundir ciudadanos con creyentes. Es el rechazo de los reduccionismos simplificadores de la identidad como hecho histórico incontrovertible, de la historia de Europa con el cristianismo y del cristianismo con la Iglesia católica. No podemos tampoco aceptar su acrítica inocencia histórica con la que afronta sus errores, sus desviaciones o sus graves ataques a la dignidad humana, ni tampoco la consideración como inferiores de todos sus interlocutores en los planos moral y racional, incluyendo a las máximas autoridades civiles representantes de la soberanía popular.
Finalmente, no podemos aceptar la postura de la Iglesia respecto a la democracia ni que nunca la haya reconocido como el único régimen legítimo, ni la consideración del relativismo como un mal puesto que es expresión de la libertad de conciencia y del respeto a la autodeterminación, expresión de la dignidad humana. ¡Non possumus! No podemos si queremos ser dignos de respeto.


Gregorio Peces-Barba Martínez es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid.