domingo, 22 de junio de 2008

Gitanos, un éxodo de mil años

Gitanos, un éxodo de mil años

JOAN M. OLEAQUE El País, 22/06/2008


Italia no es el único país donde encuentran el desprecio. Así es la historia errante de los ‘roma’, el pueblo gitano. Huyeron de la India, su tierra madre, a partir del siglo IX. Alcanzaron Europa en el siglo XIV. Representaron para la Iglesia católica dominante la exaltación de lo profano. Su lengua se consideró propia de diablos. Tuvieron su particular holocausto nazi con alrededor de 500.000 asesinados. Hoy siguen llegando incesantemente a la ribera mediterránea desde el Este. Entre 8 y 10 millones viven en el continente.

Adzovic tenía 30 años y tres heridas de bala en las piernas. Hablaba en una especie de italiano machacado con castellano, pero llegó de Bosnia. Vivía en Valencia, acampado junto a sus familiares en el cauce seco del río Turia, hasta que alguien enviado por la autoridad les obligó a irse. No guardaba grandes recuerdos de Italia, pero eran más tolerables que los que le perseguían en sueños sobre su tierra natal. “Les veo morir cuando duermo”, contaba. La escena, durante la guerra de los Balcanes, incluía a una pariente y al hijo pequeño de ésta. “Yo me escondí, pero el soldado serbio les cogió a ellos, tiró el bebé al río y luego quiso violarla. Ella logró escapar y se tiró al agua helada”. Nadie salió del río. “Los gitanos no íbamos a favor ni en contra de nadie en esa guerra. Pero todos querían matarnos. Acabé con mi familia en Italia, donde la gente hacía como que no existíamos. Algo saqué: aprendí italiano. Ahora estoy aquí, y puedo hacerme entender”. Días después dejó de estar en el campamento valenciano.

Aquello sucedió hace tiempo. Ahora, otros refugiados –no de la guerra, pero sí del hambre– buscan qué hacer en muchas ciudades de España. Vienen del Este, la mayor parte desde Rumania. Bastantes de ellos han pasado previamente por Alemania e Italia. Dani, rumano veinteañero, pertenece a los kalderash o antiguos caldereros, un subgrupo del Este muy tradicional, considerado como antiinserción. Pero Dani ha trabajado de lo que le sale y sabe español –no sólo romanó, el idioma original gitano–. Y eso le da ventaja. “En Italia viví más o menos bien”. No muchos de su etnia pueden hacerlo en un país porcentualmente cargado de inmigrantes gitanos del Este (incluidas Albania y la antigua Yugoslavia). Se ha llegado a estimar que en Italia hasta el 70% de las familias gitanas ha perdido algún hijo por diferentes problemas. “Debido a los escasos resultados de las políticas orientadas a las minorías”, recogía un documento reciente de la organización European Roma Information Office, “el caso italiano se sitúa entre los ejemplos [de discriminación] más preocupantes de toda la Unión Europea”.


AÚN NO SE HABÍAN DESENCADENADO en Italia los acontecimientos de las últimas semanas. “En Rumania hay más racismo que en Italia”, argumenta Dani. “Yo no hubiera imaginado que todo acabara estallando así”. Se refiere a la ofensiva gubernamental –también populachera y mafiosa– desatada contra los gitanos. Hay quienes entienden ciertos actos de violencia, como se vio en los ataques a sus casas en Nápoles con cócteles molotov, y su desaparición del país transalpino, como elementos asumibles.

“Invocan un asesinato, una chica que intentó robar un bebé, para atacar a todos”, explica por teléfono desde Italia el músico Alexian Santino Spinelli. Veterano activista sinti, un subgrupo gitano presente en Alemania e Italia, ha reclutado vía Internet y YouTube a todo al que ha podido contra las medidas discriminatorias del Gobierno de Berlusconi. “Que se arreste a quien no se comporte”, reclama Santino. “Que no se repita el fascismo”. Él mismo impulsó la convocatoria para el 8 de junio de una manifestación que reunió en Roma a miles de personas. “Los políticos pueden decir que pocos gitanos de los que estamos en el país nacimos aquí, pero el porcentaje llega a un 80%. Llevamos siglos en este territorio, somos más italianos que los italianos”.

Spinelli cree que el origen de las desavenencias con los gitanos rumanos en Italia –“20.000 o 30.000 personas”, calcula– tiene su origen en los campi nomadi que ahora se pretenden desmantelar. “Son campos de refugiados que las autoridades han dispuesto en plan apartheid. Cada uno se busca la vida en ellos. Es como la ley de la selva, una siembra de odio”.
La siembra, o lo que sea, parece haber fructificado. Isabel es treintañera, rumana y tiene un familiar gitano. “Pero él es civilizado, es persona, no como ésos [los de los campamentos]”, expone con desdén. Ahora vive y trabaja en España, pero vivió largo tiempo en Italia. “Les daban casas, les daban terreno en campi nomadi, y sólo robaban”. Un conocido suyo llevaba ilegalmente a gitanos desde Rumania hasta Italia en una furgoneta, previo pago de entre 400 y 1.000 euros por persona. “¡Para eso sí tenían dinero! Y para llevar oro encima, también”, se escandaliza. Isabel no sabe que algunos invierten en oro porque constituye una garantía de obtener liquidez en caso de urgencia. “Se pelean, venden niños, son ladrones: yo les he visto vivir en chalets lujosos”. Puede que hable de gitanos lovara, a quienes se considera comerciantes con buena posición. Pero da igual. “Lo que pasa en Italia, lo de quemar las casas…, es normal”. ¿Ni siquiera guarda lástima por los menores? “Son niños que roban, que mendigan…”.
Isabel alude a los individuos más problemáticos para generalizar hacia todo el grupo. El equivalente a decir que todos los musulmanes son terroristas o que los colombianos tienen una tendencia natural a vender droga y secuestrar a la gente. Algo tan delirante aflora, sin embargo, en el caso gitano, y más si está referido al este europeo, casi cada vez que uno de sus miembros marginales comete un delito. Sobre todo en épocas de crisis. ¿Por qué llega a plantear una petición de expulsión de gitanos rumanos en un pueblo andaluz? ¿Cómo es posible que lo gitano forme parte esencial de Europa –viven entre 8 y 10 millones, es la principal minoría étnica continental, y su música y cultura han impregnado a países enteros– y todavía inspire repulsa y temor?


Se buscaron respuestas en Calcuta (India) en la mitad de la década pasada. Una reunión en la ciudad inabarcable sirvió para cotejar conclusiones de la llamada Conferencia Internacional sobre Minorías de Origen Indio. En ella, entre otros, estuvieron presentes el investigador autóctono S. S. Shashi y el gitano europeo Vania de Gila Kochanovski, bien conocido entonces por sus adelantos en lingüística y conocimientos étnicos. Los medios de comunicación del país hablaban de un congreso sobre “hermanos del pueblo perdido”, pero Shashi recordaba que la India era para los gitanos “la tierra madre”, no “la tierra prometida”. O sea, que el subcontinente hiperpoblado no tendría que soportar la llegada de unos 12 millones más de individuos venidos desde todas las partes del globo. Kochanowski certificaría como definitivo el origen indio del pueblo rom –su nombre, en su idioma propio–, que tantas veces se había confundido con egipcio. Los roma habrían pertenecido a la segunda casta india –la de los guerreros– y provenían del noroeste. Emigraron entre los siglos IX y XIII para huir de respectivas derrotas frente al islam y los mongoles. Se diseminaron, a través de diversas rutas, sobre lo que hoy es Europa. Shashi, no obstante, consideró en su intervención “algo reduccionistas” estas tesis, y defendió “una migración desde toda la India no sólo de miembros de casta noble, sino de tribus como los banjara, que han practicado oficios como los de herreros o comerciantes de animales”. De hecho, los roma iban a extender trabajos de esta índole en su progresivo asiento global.
Su presencia documentada en Europa comienza en los siglos XIV y XV, siendo en este último cuando llegan a España. “Al principio”, compartió Kochanowski en Calcuta, “despertaban sorpresa con sus ropas orientales y sus artes adivinatorias”. Sin embargo, a medida que crecían las monarquías absolutas se buscó una población homogeneizada. “Los gitanos no encajaron y no se dejaban encajar”, explicaba Vania. “Empezaron las persecuciones, sobre todo con la hegemonía de la Iglesia católica: los gitanos representaban la exaltación de lo profano”.
Lo gracioso se convirtió en bufonesco. Su exotismo, en algo macabro. Y sus intentos de sobrevivir, en algo criminal. Su lengua, neoindia, derivada del sánscrito, fue perseguida en España. En opinión del lingüista francés de referencia Marcel Courthiade, “el idioma se entendió como propio de diablos, de engaño para el cristiano”. Así, en España quedó reducido hasta hoy a una serie de palabras casi marginales. Pragmáticas y redadas intentaron reducirlos y apartarlos, y, hasta la democracia, sufrieron la ley de vagos y maleantes. Pero todo palideció frente a Europa, donde llegó el porraimos –la devoración, en lengua romaní–, que es como los rom refieren su holocausto nazi. El hecho de que no se sepa realmente cuántos gitanos fueron asesinados –se estima que 500.000, aunque otras fuentes hablan de 250.000 y hasta de 600.000– demuestra cuán enormemente perdido de sí mismo puede llegar a mantenerse aún el pueblo rom.


LOS JUDÍOS RESULTARON mucho más asimilados que los gitanos en todas las sociedades europeas tras el Holocausto, y participaron de la educación, en casa y fuera de ella. Los gitanos rechazaron la primera y, en consecuencia, se quedaron sin la segunda. Erigieron lo que la escritora Isabel Fonseca, que conoció bien a los gitanos del Este, denomina con acierto “un seto”. Una especie de muro de protección endogámica con el que, al mantenerles supuestamente puros, podían permanecer vivos, aunque apartados; aferrados a una nostalgia de un alma colectiva gitana que pocos sabrían definir hoy, y que tantas veces se ha entrelazado con tradiciones antiguas de cada país (caso de la virginidad femenina).

En Rusia, Finlandia, Polonia, Hungría, Eslovaquia, Bulgaria, Grecia, Inglaterra, Alemania o Francia, los roma se han dedicado a vivir con desigual fortuna, pero quizá en ningún territorio se les ha marcado como en Rumania. Allí, pese a que el Gobierno dice otra cosa, se calcula que el 10% de la población es gitana (más de dos millones de personas). Los libros y películas en donde aparecen como esclavos del Drácula transilvano no engañan: lo fueron hasta la segunda parte del siglo XIX, convirtiendo su seto en impenetrable. En la época comunista se forzó la asimilación. “Al menos dio trabajo en fábricas, dio la costumbre de un horario, situó a los rom en el sistema”. El gitano rumano Dani evoca así la historia de su familia.

De este modo llegó la sedentarización, como sucedería en toda Europa, pese a que aún hoy se les considere nómadas. Isabel Fonseca insiste, en su libro Enterradme de pie, en que durante el comunismo podían llegar a timar y a robar “los gitanos y los no gitanos”. “Pero la policía sólo aceptaba sobornos de los primeros”. La razón: en caso de inspección, ¿quién iba a creer a un gitano?

Muchos roma se prepararon mejor que los no gitanos para la propiedad privada, supieron comerciar y se situaron para regentar establecimientos. Pero 1989 trajo la revolución y su fracaso. Recoge Fonseca que el poder de la mayoría decidió que no se quería a los roma. Y lo expresó a las bravas. Se les consideró tutelados por los comunistas. “Los gitanos no son personas”, le dijo una señora rumana a Fonseca durante la década de los noventa, en medio de los restos de un poblado humeante de gitanos recién incendiado. La escritora recoge que, según el Ministerio del Interior, no más del 11% de los delitos en Rumania –casi siempre menores– estaba relacionado con los roma. Pero el problema fue otro: “Los gitanos no son personas”.
“No es racismo, es un hecho. Dan mala imagen de Rumania, y su idioma puede llegar a ser confundido con el rumano”, afirma una periodista del Este. Paradójicamente, la música gitana, como sucede en España, se identifica para bien con ese país, y hasta el mal estado actual de la población que la genera –el 41% de ella es jornalera, el 33% no posee oficio, casi el 40% es analfabeta– puede servir para conseguir fondos europeos. Con su ingreso en la Unión Europea desde 2007, y con un supuesto cumplimiento de los derechos humanos, existen programas de trabajo para que regresen al país. “Cada franja de población tiene su programa”, explica Arkos Derszi, secretario de Estado del Ministerio de Trabajo del Gobierno rumano. “En el caso rom se contempla su vuelta a sus oficios tradicionales”. Pero los gitanos no saben ya a qué faenas se refiere el secretario de Estado.


UN INFORME EUROPEO de la Fundación Ceimigra indica que algunos grandes traslados de roma hacia Europa Occidental han tenido lugar entre los años 2001 y 2006. Sobre todo, hacia la ribera mediterránea, donde saben que existen bolsas endémicas de economía sumergida.
Inundaciones en regiones rumanas como Constanza empujaron a más gente hacia España. Y quizá el desastre italiano vuelva a tentar hacia el desvío ibérico. Su presencia en España se estima en unas 50.000 personas, a las que se les ha relacionado con las más variadas iniquidades. Los primeros flujos, más dedicados a la mendicidad, o incluso al delito, se han reducido mucho. Los gitanos rumanos mejor establecidos llaman ploskané a los grupos más ligados a la miseria. En los más fundamentalistas se acostumbra a concebir la compra de la novia a la familia o el arreglo de matrimonios entre menores.


Por suerte abundan más ejemplos como el de Florenza, una madre de 27 años que creía que en España había dinero y todos vivían bien. Lo veía por televisión, se lo habían dicho. “Creía que iba a encontrar sanidad, escuela para mi hijo, trabajo, una nómina y una casa para alquilar”. Unas pretensiones que suenan hoy increíblemente raras o inocentes.

Sin embargo, desde el Este, los gitanos de aquí constituyen para muchos una referencia. En Albania, hasta se habla de España como “paraíso de gitanos”. Con una población cifrada en 650.000 individuos; con una clase media mayoritaria que se gana la vida con la venta, artistas musicales de renombre, líderes públicos reconocidos, escolarización, activistas que hasta defienden la homosexualidad y con una asunción institucional de los gitanos como españoles de pleno derecho, nuestro país se muestra como un avance máximo. Pero hay un trasfondo sombrío en esa luz. Una encuesta de 2006 del Centro de Investigaciones Sociológicas admitía que el 40% de ciudadanos no querría tener a un gitano como vecino. Tampoco faltan voces que intentan desvincular el flamenco de la esencia musical gitana. Los barrios-gueto poblados de miembros de esta etnia permanecen presentes en nuestra geografía, y el asociacionismo subvencionado ha devenido no pocas veces en cosa de familias que heredan cargos. La mafia que ofrece protección en las obras, los traficantes y los tópicos se imponen como una muralla construida con ladrillos de falsas leyes atávicas y pintorescos patriarcas.

Esa percepción refuerza el seto endogámico de defensa creado ancestralmente por la propia comunidad. Sólo el 1% de gitanos españoles accede a la universidad, y el abandono durante la ESO es brutal. El victimismo, el paternalismo y la falta de rigor suelen ser discursos usuales empleados en torno al pueblo gitano que a veces hasta emanan del mismo. Como el propio racismo, han generado angustias y alienación en el colectivo. Aunque también sucede lo contrario: que lo malo, a veces, sirve como reto para dar ímpetu a un colectivo que en España ha avanzado a saltos en los últimos veinte años. Es fácil comprobar aún cómo, en la televisión, la imagen dolida, serena y pausada del padre de la niña asesinada Mari Luz no se asume como un reflejo gitano, y que en cambio se sigue vendiendo como tal cualquier oscura pelea, común a cualquier subcultura callejera. Pero esa constatación, y la de que muchos gitanos se quejen, es una nueva parte esperanzadora en un viejo camino de mil años que, con la nueva llegada mediterránea de los roma más doloridos de Europa, está lejos de concluir.

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